Entonces equivocarse ya no importaba tanto como si la búsqueda de su kibbutz se hubiera organizado con mapas de la Sociedad Geográfica, brújulas certificadas auténticas, el Norte al norte, el Oeste al oeste; bastaba, apenas, comprender, vislumbrar fugazmente que al fin y al cabo su kibbutz no era más imposible a esa hora y con ese frío y después de esos días, que si lo hubiera perseguido de acuerdo con la tribu, meritoriamente y sin ganarse el vistoso epíteto de inquisidor, sin que le hubieran dado vuelta la cara de un revés, sin gente llorando y mala conciencia y ganas de tirar todo al diablo y volverse a su libreta de enrolamiento y a un hueco abrigado en cualquier presupuesto espiritual o temporal. Se moriría sin llegar a su kibbutz pero su kibbutz estaba allí, lejos pero estaba y él sabía que estaba porque era hijo de su deseo, era su deseo así como él era su deseo y el mundo o la representación del mundo eran deseo, eran su deseo o el deseo, no importaba demasiado a esa hora. Y entonces podía meter la cara entre las manos, dejando nada más que el espacio para que pasara el cigarrillo y quedarse junto al río, entre los vagabundos, pensando en su kibbutz.
La clocharde se despertó de un sueño en el que alguien le había dicho repetidamente: «Ça suffit, conâsse», y supo que Célestin se había marchado en plena noche llevándose el cochecito de niño lleno de latas de sardinas (en mal estado) que por la tarde les habían regalado en el ghetto del Marais. Toto y Lafleur dormían como topos debajo de las arpilleras, y el nuevo estaba sentado en un poyo, fumando. Amanecía.
La clocharde retiró delicadamente las sucesivas ediciones de
– Merde -dijo la clocharde, iniciando la complicada tarea de enderezarse-. Y a la bise, c’est cul.
Arropándose con un sobretodo negro que le llegaba hasta los tobillos, se acercó al nuevo. El nuevo estaba de acuerdo en que el frío era casi peor que la policía. Cuando le alcanzó un cigarrillo y se lo encendió, la clocharde pensó que lo conocía de alguna parte. El nuevo le dijo que también él la conocía de alguna parte, y a los dos les gustó mucho reconocerse a esa hora de la madrugada. Sentándose en el poyo de al lado, la clocharde dijo que todavía era temprano para ir a la sopa. Discutieron sopas un rato, aunque en realidad el nuevo no sabía nada de sopas, había que explicarle dónde quedaban las mejores, era realmente un nuevo pero se interesaba mucho por todo y tal vez se atreviera a quitarle las sardinas a Célestin. Hablaron de las sardinas y el nuevo prometió que apenas encontrara a Célestin se las reclamaría.
– Va a sacar el gancho -previno la clocharde-. Hay que andar rápido y pegarle con cualquier cosa en la cabeza. A Tonio le tuvieron que dar cinco puntadas, gritaba que se lo oía hasta Pontoise. C’est cul, Pontoise -agregó la clocharde entregándose a la añoranza.
El nuevo miraba amanecer sobre la punta del Vert-Galant, el sauce que iba sacando sus finas arañas de la bruma. Cuando la clocharde le preguntó por qué temblaba con semejante canadiense, se encogió de hombros y le ofreció un nuevo cigarrillo. Fumaban y fumaban, hablando y mirándose con simpatía. La clocharde le explicaba las costumbres de Célestin y el nuevo se acordaba de las tardes en que la habían visto abrazada a Célestin en todos los bancos y pretiles del Pont des Arts, en la esquina del Louvre frente a los plátanos como tigres, debajo de los portales de Saint-Germain l’Auxerrois, y una noche en la rue Gît-le-Coeur, besándose y rechazándose alternativamente, borrachos perdidos, Célestin con una blusa de pintor y la clocharde como siempre debajo de cuatro o cinco vestidos y algunas gabardinas y sobretodos, sosteniendo un lío de género rojo de donde salían pedazos de mangas y una corneta rota, tan enamorada de Célestin que era admirable, llenándole la cara de rouge y de algo como grasa, espantosamente perdidos en su idilio público, metiéndose al final por la rue de Nevers, y entonces la Maga había dicho: «Es ella la que está enamorada, a él no le importa nada», y lo había mirado un instante antes de agacharse para juntar un piolincito verde y arrollárselo al dedo.