– A esta hora no hace frío -decía la clocharde, dándole ánimos-. Voy a ver si a Lafleur le ha quedado un poco de vino. El vino asienta la noche. Célestin se llevó dos litros que eran míos, y las sardinas. No, no le queda nada. Usted que está bien vestido podría comprar un litro en lo de Habeb. Y pan, si le alcanza. -Le caía muy bien el nuevo, aunque en el fondo sabía que no era nuevo, que estaba bien vestido y podía acodarse en el mostrador de Habeb y tomarse un pernod tras otro sin que los otros protestaran por el mal olor y esas cosas. El nuevo seguía fumando, asintiendo vagamente, con la cabeza en otro lado. Cara conocida. Célestin hubiera acertado en seguida porque Célestin, para las caras… A las nueve empieza el frío de verdad. Viene del barro, de abajo. Pero podemos ir a la sopa, es bastante buena.

(Y cuando ya casi no se los veía en el fondo de la rue de Nevers, cuando estaban llegando tal vez al sitio exacto en que un camión había aplastado a Pierre Curie («¿Pierre Curie?», preguntó la Maga, extrañadísima y pronta a aprender), ellos se habían vuelto despacio a la orilla alta del río, apoyándose contra la caja de un bouquiniste, aunque a Oliveira las cajas de los bouquinistes le parecían siempre fúnebres de noche, hilera de ataúdes de emergencia posados en el pretil de piedra, y una noche de nevada se habían divertido en escribir RIP con un palito en todas las cajas de latón, y a un policía le había gustado más bien poco la gracia y se los había dicho, mencionando cosas tales como el respeto y el turismo, esto último no se sabía bien por qué. En esos días todo era todavía kibbutz, o por lo menos posibilidad de kibbutz, y andar por la calle escribiendo RIP en las cajas de los bouquinistes y admirando a la clocharde enamorada formaba parte de una confusa lista de ejercicios a contrapelo que había que hacer, aprobar, ir dejando atrás. Y así era, y hacía frío, y no había kibbutz. Salvo la mentira de ir a comprarle el vino tinto a Habeb y fabricarse un kibbutz igualito al de Kubla Khan, salvadas las distancias entre el láudano y el tintillo del viejo Habeb.)

In Xanadu did Kubla KhanA stately pleasure-dome decree.

– Extranjero -dijo la clocharde, con menos simpatía por el nuevo-. Español, eh. Italiano.

– Una mezcla -dijo Oliveira, haciendo un esfuerzo viril para soportar el olor.

– Pero usted trabaja, se ve -lo acusó la clocharde.

– Oh, no. En fin, le llevaba los libros a un viejo, pero hace rato que no nos vemos.

– No es una vergüenza, siempre que no se abuse. Yo, de joven…

– Emmanuèle -dijo Oliveira, apoyándole la mano en el lugar donde, muy abajo, debía estar un hombro. La clocharde se sobresaltó al oír el nombre, lo miró de reojo y después sacó un espejito del bolsillo del sobretodo y se miró la boca. Oliveira se preguntó qué cadena inconcebible de circunstancias podía haber permitido que la clocharde tuviera el pelo oxigenado. La operación de untarse la boca con un final de barra de rouge la ocupaba profundamente. Sobraba tiempo para tratarse a sí mismo y una vez más de imbécil. La mano en el hombro después de lo de Berthe Trépat. Con resultados que eran del dominio público. Una autopatada en el culo que lo diera vuelta como un guante. Cretinaccio, furfante, infecto pelotudo. RIP, RIP. Malgré le tourisme.

– ¿Cómo sabe que me llamo Emmanuèle?

– Ya no me acuerdo. Alguien me lo habrá dicho.

Emmanuèle sacó una lata de pastillas Valda llena de polvos rosa y empezó a frotarse una mejilla. Si Célestin hubiera estado ahí, seguramente que. Por supuesto que. Célestin: infatigable. Docenas de latas de sardinas, le salaud. De golpe se acordó.

– Ah -dijo.

– Probablemente -consintió Oliveira, envolviéndose lo mejor posible en humo.

– Los vi juntos muchas veces -dijo Emmanuèle. -Andábamos por ahí.

– Pero ella solamente hablaba conmigo cuando estaba sola. Una chica muy buena, un poco loca.

«Ponele la firma», pensó Oliveira. Escuchaba a Emmanuèle que se acordaba cada vez mejor, un paquete de garrapiñadas, un pulóver blanco muy usable todavía, una chica excelente que no trabajaba ni perdía el tiempo atrás de un diploma, bastante loca de a ratos y malgastando los francos en alimentar a las palomas de la isla Saint-Louis, a veces tan triste, a veces muerta de risa. A veces mala.

– Nos peleamos -dijo Emmanuèle- porque me aconsejó que dejara en paz a Célestin. No vino nunca más pero yo la quería mucho.

– ¿Tantas veces había venido a charlar con usted?

– No le gusta, ¿verdad?

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