– La gente mata por muy pocas razones -dijo Sara-. Dinero, drogas o motivos emocionales como celos o ira. Si fueran asesinatos al azar tendríamos a un asesino en serie.

– Cristo -dijo Jeffrey-. No digas eso.

– Admito que no es probable, pero nada me cuadra. -Sara hizo una pausa-. Y volvemos a lo mismo: Andy pudo haber saltado, Ellen Schaffer a lo mejor estaba deprimida, y el encontrar el cadáver disparó su… -Sara se interrumpió-. No intentaba hacerme la ingeniosa.

Jeffrey la miró.

– A lo mejor Schaffer se mató. A lo mejor se mataron los dos.

– ¿Y Tess?

– ¿Qué pasa con ella? -preguntó Sara-. Es posible que su agresión nada tenga que ver con los otros dos casos. Si son suicidios, quiero decir. -Sara intentó meditarlo detenidamente, pero su mente era incapaz de hacer encajar las pistas que tenían-. A lo mejor se encontró con alguien que hacía algo ilegal en el bosque.

– Lo recorrimos centímetro a centímetro y sólo encontramos el colgante -dijo Jeffrey-. Y si ése fuera el caso, ¿por qué el tipo iba a quedarse para espiaros a Tessa y a ti?

– Quizá quien miraba era otra persona, alguien que había salido a correr un rato.

– ¿Por qué correría al ver a Lena?

Sara espiró lentamente, pensando que necesitaba dormir antes de enfrentarse a todo eso.

– No dejo de pensar en el arañazo de la espalda de Andy. Puede que en la autopsia averigüe algo. -Apoyó la cabeza en la mano, abandonando cualquier intento de utilizar la lógica-. ¿Qué más te preocupa?

Jeffrey movió la barbilla, y Sara supo la respuesta antes de oírla:

– Lena.

Sara reprimió un suspiro al mirar por la ventanilla. A Jeffrey siempre le había preocupado Lena.

Sara preguntó:

– ¿Qué ha hecho? -y dejó el «esta vez» fuera de la frase.

– No ha hecho nada -dijo Jeffrey-. O a lo mejor sí. No lo sé. -Hizo una pausa, probablemente para reflexionar sobre ello-. Creo que conocía al chaval, a Rosen. Encontramos sus huellas en un libro de la biblioteca cuando examinamos el apartamento de Rosen.

– Puede que ella también lo sacara.

– No -le dijo Jeffrey-. Miramos los archivos.

– ¿Y os los dejaron ver?

– No lo hicimos a través de los bibliotecarios -le confesó Jeffrey.

Sara sólo se pudo imaginar qué clase de teclas habría pulsado Jeffrey para tener acceso a los archivos de la biblioteca. A Nan Thomas le daría un ataque de histeria si lo averiguaba, y no sería Sara quien la culpara por ello.

– A lo mejor Lena se lo llevó sin que nadie lo supiera -sugirió Sara.

– ¿Te parece Lena la clase de persona que leería El pájaro espino?

– No tengo ni idea -admitió Sara, aunque no se imaginaba a Lena realizando una actividad tan sedentaria como leer, y mucho menos una historia de amor-. ¿Se lo preguntaste? ¿Qué te dijo?

– Nada -dijo Jeffrey-. Intenté que viniera conmigo. No quiso.

– ¿A comisaría?

Jeffrey asintió.

– Si me lo pidieras, yo tampoco iría.

– ¿Por qué?

Jeffrey sentía verdadera curiosidad.

– No seas ridículo -contestó Sara, sin molestarse en contestar a la pregunta-. ¿Crees que Lena tiene algo que ocultar?

– No lo sé. -Tamborileó los dedos en el volante-. Parecía muy reservada. Cuando hablamos en la colina, después de que tú y Tessa os marcharais, pareció reconocer el nombre de Andy. Y cuando le pregunté, lo negó.

– ¿Recuerdas su reacción cuando le dimos la vuelta al cadáver?

– No estaba presente -le recordó Jeffrey.

– Es verdad.

– También encontramos otra cosa en el cuarto de Rosen -dijo Jeffrey-. Unas bragas.

– ¿De Lena? -Sara se preguntó por qué no se lo había dicho antes.

– Es una suposición -contestó Jeffrey.

– ¿Cómo eran?

– No de las que tú llevas. Pequeñas.

Sara lo fulminó con la mirada.

– Muchas gracias.

– Ya sabes a qué me refiero. De esas que son más finas en el culo.

Sara apuntó:

– ¿Un tanga?

– Probablemente. De seda, granate, con encaje en los laterales.

– Me parece tan propio de Lena como que leyera El pájaro espino.

Jeffrey se encogió de hombros.

– Nunca se sabe.

– ¿Podrían haber pertenecido a Andy Rosen?

Jeffrey pareció considerarlo.

– No podemos eliminar esa posibilidad, considerando lo que le hizo a su…

– Tal vez se las robó a Schaffer.

– El vello era castaño oscuro -le dijo Jeffrey-. Schaffer era rubia.

Sara se rió.

– Yo no pondría la mano en el fuego.

Jeffrey permaneció un instante en silencio.

– Puede que Lena se acostara con Andy Rosen.

A Sara eso le pareció improbable, pero con Lena nunca se sabía.

– Cuando intenté llevar a Lena a comisaría se interpuso un chaval. Un capullo que tenía pinta de ir aún al instituto. A lo mejor sale con él. Parecía que iban juntos -explicó Jeffrey.

– ¿Así que se acostaba con Andy Rosen y salía con ese chico? -Sara negó con la cabeza-. Considerando lo que le pasó hace un año, no creo que esté para tener muchos novios. -Cruzó los brazos y se reclinó contra la portezuela-. ¿Estás seguro de que las bragas eran suyas?

Jeffrey permaneció callado, debatiendo si contarle algo o no.

– ¿Qué pasa? -preguntó Sara.

Y al instante-:

– ¿Jeff?

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