Después de eso, nadie dijo nada más, y Sara se fue pasillo abajo hacia las escaleras que conducían al depósito.
Sara nunca había comparado el depósito de cadáveres con el Hospital Grady, pero tras haber pasado tantos años en Atlanta, los parecidos eran muy obvios. El centro médico había sido reformado hacía pocos años, pero el depósito estaba casi igual que cuando construyeron el edificio, en los años treinta. Unos azulejos azul claro cubrían las paredes, y los suelos eran de una mezcla de linóleos cuadrados de color verde y tostado. En el techo había rastros de humedad, y los trozos blancos, que correspondían a zonas de reciente reparación, contrastaban con el viejo yeso agrisado. El ruido de fondo del compresor situado sobre el congelador y el sistema de aire acondicionado producía un murmullo continuo, algo que Sara sólo notaba cuando llevaba mucho tiempo sin aparecer por allí.
Carlos estaba de pie junto a la mesa de porcelana que, atornillada al suelo, quedaba en el centro de la sala. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Era un tipo simpático, moreno y con aspecto de hispano, y un fuerte acento al que Sara había tardado en acostumbrarse. No hablaba mucho y, cuando lo hacía, farfullaba. Carlos hacía el trabajo sucio, en sentido literal y figurado, y estaba muy bien pagado, aunque Sara tenía la sensación de saber poco de él. En los muchos años que llevaba trabajando allí, Carlos nunca contaba nada de su vida ni se quejaba del trabajo. Incluso cuando no había nada que hacer, siempre encontraba alguna faena, barrer el suelo o limpiar el congelador. Se quedó sorprendida al verle allí de pie, sin hacer nada, cuando entró en el depósito. Parecía estar esperándola.
– ¿Carlos? -preguntó Sara.
– No vuelvo a trabajar para el señor Brock -dijo.
Quiso que su tono le diera a entender a Sara que no pensaba ceder.
Sara se quedó de una pieza, tanto por la longitud de la frase como por la vehemencia con que la expresó.
Sara le preguntó con cautela:
– ¿Por alguna razón en concreto?
Carlos seguía mirándola fijamente.
– Es un hombre muy raro, y no diré nada más.
Sara sintió una oleada de alivio. Se dio cuenta de que la había asustado la perspectiva de que dimitiera.
– Muy bien, Carlos -dijo Sara-. Siento que te hayas enfadado.
– No estoy enfadado -repuso, pero era evidente que lo estaba.
– Muy bien.
Sara asintió, esperando que Carlos no tuviera nada más que decir.
Lo cierto es que ella siempre había defendido a Dan Brock, desde el primer día en la escuela elemental, cuando Chuck Gaines le hizo caer de un empujón de la torre de barras -de la zona de juegos, en un arrebato de furia que sólo se le consiente a un niño de ocho años (en la guardería, Chuck repitió un año). Más que raro, Brock necesitaba cariño, un rasgo que no favorecía su integración en el ambiente de la escuela, que funcionaba según el principio de la supervivencia de los más fuertes. Gracias a Cathy y a Eddie, Sara jamás necesitó la aprobación de sus compañeros, por lo que poco le importó vivir en ese limbo situado entre los alumnos más populares y los que eran metódicamente hostigados y torturados. Siempre se la había considerado la más lista de la clase, y entre su estatura, el cabello rojo y el coeficiente intelectual, intimidaba un poco a la gente. Brock, por otro lado, había sufrido hasta bien avanzado el bachillerato, que es el tiempo que tardaron los matones en comprender que, por muy mal que se portaran con él, Brock jamás les respondería con hostilidad.
– ¿Doctora Linton? -preguntó Carlos.
A pesar de lo mucho que ella insistía, nunca la llamaba Sara.
– ¿ Sí?
– Lamento lo de su hermana.
Sara apretó los labios y asintió.
– Empecemos con la chica -dijo, pensando que más valía comenzar por lo difícil-. ¿Le has sacado fotos y placas de rayos X?
Carlos asintió en un gesto adusto, pero no dijo nada acerca del estado del cadáver. Era su manera de mostrarse profesional, y ella le agradecía que se tomara el trabajo con tanta solemnidad.
Sara regresó a su oficina, que tenía una ventana que daba al depósito. Se sentó ante su escritorio y, aunque se había pasado sentada las últimas cuatro horas, le hizo bien descansar los pies. Cogió el teléfono y marcó el número del móvil de su padre. Cathy contestó antes de que se apagara el primer pitido.
– ¿Sara?
– Ya hemos llegado -le dijo a su madre, pensando que debería haberla llamado antes.
Era evidente que estaba preocupada.
– ¿Habéis averiguado algo?
– Aún no -le dijo Sara, observando cómo Carlos colocaba una de las bolsas negras encima de la camilla-. ¿Cómo está Tess?
Cathy se lo pensó antes de contestar.
– Aún no habla.