Jeffrey se frotó los ojos con las manos. Resumió la anomalía en palabras sencillas:

– Aún respiraba cuando le arrancaron el diente.

<p>MARTES</p><p>8</p>

Lena ahogó un bostezo al salir del cine con Ethan. Horas antes se había tomado un Vicodin y, aunque no conseguía aliviarle en demasía el dolor de muñeca, se sentía amodorrada.

– ¿En qué piensas? -preguntó Ethan; una frase que muchos hombres utilizaban cuando querían que quien hablara fuera la mujer.

– En que más vale que consiga averiguar algo en esta fiesta -le dijo Lena, inyectando un tono de velada amenaza en su voz.

– Ya veo -dijo-. ¿Ha hecho algo más ese poli?

– No -contestó Lena.

Aunque después de tomar el café con Ethan volvió a casa, en su identificador de llamadas aparecían cinco efectuadas desde la comisaría. Sólo era cuestión de tiempo que Jeffrey se presentara en su casa y, cuando lo hiciera, más le valdría a Lena tener algunas respuestas si no quería sufrir las consecuencias. Durante la película se había convencido de que Chuck no la despediría aunque Jeffrey se lo dijera, pero había otras cosas peores que ese gordo cabrón podía hacerle. A Chuck le encantaba ponerle las cosas difíciles, y, aunque su trabajo era una porquería, aún podía hacerla sufrir mucho más.

– ¿Te ha gustado la película? -preguntó Ethan.

– La verdad es que no -dijo Lena, pensando en qué haría si el amigo de Andy no se presentaba.

Al día siguiente tendría que hacer un hueco en su agenda para tener una charla con Jill Rosen. Lena habló con la criada de la mujer y dejado tres mensajes, pero la doctora no le había llamado. Lena tenía que saber qué le había dicho a Jeffrey. Incluso había rebuscado en el fondo de su armario y encontrado el maldito contestador por si la doctora la llamaba esa noche mientras estaba fuera.

Lena levantó la vista al cielo, inhalando profundamente para despejarse la cabeza. Necesitaba a alguien con quien poder hablar de todo eso, pero no tenía a nadie en quien confiar.

– Bonita noche -dijo Ethan, pensando probablemente en que Lena disfrutaba de la contemplación de las estrellas-. Luna llena.

– Mañana lloverá -dijo Lena, abriendo y cerrando el puño. Una fea magulladura negroazulada le rodeaba la muñeca allí donde Ethan la había agarrado, y Lena estaba segura de que había algo roto. Le dolía el hueso cuando se llevaba la mano al costado, y la hinchazón casi le había impedido abrocharse el puño de la camisa. Llevó la muñeca vendada hasta que Ethan llamó a la puerta, pero que se la llevara el diablo si iba a confesarle que aún le dolía.

El problema era que Lena no cobraba hasta el lunes. Si se iba a urgencias a hacerse una radiografía, los cincuenta dólares que le exigiría su aseguradora como pago compartido dejarían su cuenta corriente a cero. Supuso que no había ningún hueso roto, pues podía mover la mano. Si el lunes seguía doliéndole, entonces ya se preocuparía. De todos modos, era diestra y, además, había vivido durante dos días con unos dolores peores que ése. Casi era tranquilizador; le recordaba que seguía viva.

Como si pudiera leerle el pensamiento, Ethan le preguntó:

– ¿Cómo tienes la muñeca?

– Bien.

– Lo siento. Es que -pareció buscar las palabras adecuadas no quería que te fueras.

– Bonita manera de demostrarlo.

– Siento haberte hecho daño.

– No importa -murmuró Lena.

Hablar de la muñeca había hecho que le doliera más. Antes de salir de su habitación, Lena se guardó otro Vicodin y un Motrin de ochocientos miligramos en el bolsillo en caso de que el dolor fuera a más. Mientras Ethan observaba a un grupo de chavales en el aparcamiento del sindicato de estudiantes, se tragó el Motrin sin agua, y se puso a toser porque se le desvió por el conducto equivocado.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó Ethan.

– Sí -dijo ella, golpeándose el pecho con la mano.

– ¿Estás cogiendo frío?

– No -contestó Lena, tosiendo-. ¿A qué hora empieza esa fiesta?

– Ya debería estar en marcha.

Se dirigió hacia un sendero que surgía entre dos arbustos. Lena sabía que era un atajo que cruzaba el bosque y desembocaba en los colegios mayores del oeste del campus, pero no quería meterse por ahí de noche, ni con luna llena.

Ethan se volvió al ver que ella no le seguía:

– Por aquí llegaremos antes.

Por razones obvias, Lena se mostraba reacia a seguir a alguien hacia una zona oscura y apartada. A primera vista, Ethan parecía lamentar haberle hecho daño, pero Lena ya había descubierto que su temperamento era tornadizo.

– Vamos -dijo Ethan, en tono de broma-. No tendrás miedo de mí, ¿verdad?

– Que te den -dijo Lena, obligándose a andar.

Se llevó la mano al bolsillo de atrás, con la esperanza de que semejara un movimiento fortuito. Sus dedos rozaron la navaja de diez centímetros, y se sintió más segura sabiendo que estaba ahí.

Ethan aminoró el paso para que ella pudiera ir a su lado y le preguntó:

– ¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí?

– No.

– ¿Cuánto?

– Unos meses.

– ¿Te gusta tu trabajo?

– Es un trabajo.

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