Lena respiró profundamente tres veces antes de que el alcohol le llegara a la cabeza. Pasaron unos segundos más, y cuando miró a su alrededor se sintió relajada pero ni mucho menos borracha. Eso no era más que una fiesta normal y corriente con un puñado de chavales inofensivos. Había venido con un fin y lo cumpliría. El alcohol la había dejado mucho más tranquila, justo lo que necesitaba. El Vicodin pronto comenzaría a hacer efecto, y volvería a sentirse bien.

La música pasó a ser lenta y sensual, y el ritmo disminuyó. Al parecer alguien había vuelto a bajar el volumen, esta vez a un nivel casi tolerable.

Lena bebió otro sorbo de agua para quitarse la pegajosa sensación de la boca. Chasqueó los labios, mirando los chavales que la rodeaban. Se rió, diciéndose que probablemente era la persona de más edad.

– ¿Qué es tan divertido?

Ethan estaba a su lado. Llevaba en la mano una botella de zumo de naranja sin abrir.

Lena negó con la cabeza, sintiéndose mareada. Necesitaba moverse, caminar para eliminar los efectos del alcohol.

– Vamos a buscar a tu amigo.

Él le lanzó una mirada divertida, y ella se ruborizó, preguntándose si Ethan se habría fijado en los vasos vacíos.

– Por aquí -dijo él, intentando guiarla.

– Veo perfectamente -contestó ella, apartándole la mano de un manotazo.

– ¿Te gusta más esta música? -preguntó Ethan.

Lena asintió, perdiendo el equilibrio. Si Ethan se dio cuenta, no dijo nada. La llevó hasta un pasillo lateral que conducía a las habitaciones. Lena oía una música distinta en cada habitación, y algunas puertas estaban abiertas, a través de las cuales se veía a muchachos esnifando coca o follando como conejos, dependiendo de cuánta gente hubiera alrededor.

– ¿Siempre es así? -preguntó Lena.

– Es porque el doctor Burke está fuera -dijo Ethan-, pero vaya, suele ocurrir a menudo.

– Apuesto a que sí -dijo Lena, lanzando una mirada a otra habitación y arrepintiéndose de inmediato.

– Normalmente, estoy en la biblioteca -afirmó Ethan, aunque ella se dijo que a lo mejor era mentira.

Lena nunca le había visto allí. Desde luego, la biblioteca era bastante grande, y Ethan podía pasar desapercibido. Pero a lo mejor sí estaba allí. A lo mejor la había estado observando desde el primer día.

Ethan se detuvo delante de una puerta que sólo destacaba por la ausencia de pegatinas y notas obscenas.

– ¡Eh, Scooter! -gritó Ethan, golpeando la puerta con los nudillos.

Lena bajó los ojos hacia el suelo de madera noble, los cerró e intentó despejarse.

– ¿Scoot? -repitió Ethan, golpeando la puerta con el puño, con tanta fuerza que la puerta se dobló hacia atrás en la parte superior, revelando una línea de luz entre la hoja y la jamba-. Vamos, Scooter -dijo Ethan-. Abre, capullo. Sé que estás ahí.

Lena no oía gran cosa de lo que ocurría al otro lado de la puerta, pero dedujo que alguien se estaba moviendo. Pasaron varios minutos antes de que se abriera la puerta, y cuando ocurrió la golpeó, como un cubo de mierda caliente, una oleada del peor olor corporal que había olido en su vida.

– Joder -dijo, llevándose la mano a la nariz.

– Ése es Scooter -dijo Ethan, como si eso explicara el olor.

Lena respiró por la boca, intentando acostumbrarse. «Apestoso» habría resultado un apodo más apropiado.

– Hola -dijo Lena, reprimiendo las arcadas.

Scooter era distinto a los demás chicos de la fiesta. Si éstos llevaban el pelo muy corto y tejanos holgados y camiseta, Scooter tenía el pelo negro y largo, y llevaba una camiseta sin mangas azul pastel y unos shorts de un vivo naranja estilo hawaiano. En torno a su bíceps izquierdo había una goma elástica amarilla, y la parte superior del brazo le sobresalía de la compresión.

– Joder, tío -dijo Ethan, tocando la banda elástica-. Vamos. La banda elástica salió disparada del brazo de Scooter y voló por el cuarto.

– Mierda, tío -gruñó Scooter. Les obstruyó el paso, aunque no en actitud amenazante-. Esta tía es un puto policía. ¿Qué hace un poli aquí, tío? ¿Por qué traes a un poli a mi guarida?

– Muévete -dijo Ethan, empujándole suavemente hacia el interior.

– ¿Va a arrestarme? -preguntó Scooter-. Espera, tío. -Se agachó y se puso a buscar el torniquete-. Espera, deja que me acabe de meter esto.

– Levántate -dijo Ethan, tirando de la tira elástica de los shorts de Scooter-. Venga, no va a arrestarte.

– No puedo ir a la cárcel, tío.

– No va a llevarte a la cárcel -dijo Ethan, y su voz resonó en el cuarto.

– Vale, de acuerdo -dijo Scooter, permitiendo a Ethan que le ayudara a levantarse.

Scooter le puso la mano en el cuello, y Lena se dio cuenta de que llevaba una cadena amarilla muy parecida a la de Paul, el amigo de Ethan que había conocido antes. De la de Scooter no colgaba ningún chupete, y sí lo que parecía una colección de llaves, unas llaves diminutas como las que suelen tener los diarios de las chicas.

– Siéntate, tío -dijo Ethan, empujándole hasta dejarlo sobre la cama.

– Vale, entendido -contestó Scooter, como si no se diera cuenta de que ya estaba sentado.

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