– Es bueno, tía -dijo Scooter-. Gracias.
Lena mantenía la botella de zumo en el regazo, no quería beber. Deseaba comprobar cuánto podía resistir. A lo mejor, después de todo, no le hacía falta. Quizá sería suficiente tenerla en la mano para que Scooter se sintiera cómodo hablando con ella. Sabía que lo primero que debes hacer en un interrogatorio es establecer cierta complicidad. Con adictos como Scooter, la manera más fácil era hacerle creer que ella también tenía un problema.
– Andy -dijo Lena por fin, consciente de que tenía la boca seca.
– Sí. -Scooter asintió lentamente-. Era un buen chaval.
Lena recordó lo que había dicho Richard Carter.
– He oído que también podía ser un gilipollas.
– Sí, bueno, quien te haya dicho eso es un cretino -le soltó Scooter.
Tenía razón, pero se guardó esa información.
– Háblame de él. Háblame de Andy.
Scooter se reclinó contra la pared y se apartó el pelo de los ojos. Tenía una asombrosa cantidad de granos en la cara. Lena podía haberle dicho que cortarse el pelo, o al menos llevarlo limpio, contribuiría enormemente a que le desaparecieran, pero ahora tenía otras cosas de qué hablar.
– ¿Salía con alguien? -le preguntó.
– ¿Quién, Andy? -Scooter negó con la cabeza-. No por mucho tiempo.
Levantó su vaso, en señal de que apuraran sus tragos. Lena se lo quedó mirando, sin querer participar.
– Primero habla conmigo -le dijo-, y luego te pondremos más.
– Necesito un chute -afirmó, y extendió el brazo hacia las jeringuillas del frigorífico.
– Espera un segundo -le conminó Ethan, apartándole la mano-. Has dicho que ibas a hablar con ella y lo harás, ¿entendido? Has dicho que le contarías lo que quería saber.
– ¿Lo he dicho? -preguntó Scooter, perplejo. Miró a Lena, y ésta asintió para confirmarlo.
– Sí, colega -dijo Ethan-. Lo has dicho. Lo has prometido porque quieres ayudar a Andy.
– Sí, vale -dijo Scooter, asintiendo con la cabeza. Tenía el pelo tan asqueroso que no se le movió. Ethan le lanzó una penetrante mirada a Lena.
– ¿Te das cuenta de lo que te hace esta mierda en el cerebro? Lena hizo caso omiso de sus palabras.
– ¿Andy salía con alguien? Scooter soltó una risita.
– Sí, pero ella no salía con él.
– ¿Quién? -preguntó Lena.
– Ellen, tía. La de su clase de arte.
– ¿Schaffer? -aclaró Ethan, y el nombre no pareció hacerle mucha gracia.
– Sí, tío, es una calentorra. Ya sabes a qué me refiero. -Scooter le dio un codazo a Ethan-. Está buenísima.
Lena intentó que no se desviara del tema.
– ¿Ella salía con alguien?
– Ella nunca saldría con alguien como Andy -dijo Scooter-.Es una diosa. Los simples mortales como Andy no son dignos ni de olerle las bragas.
– Esa tía es un depósito ambulante de semen -dijo Ethan con evidente disgusto-. Probablemente ni sabía que existía. Scooter soltó otra risita, y le dio otro codazo a Ethan.
– ¡A lo mejor Andy está ahí arriba, robando bragas en el cielo!
Ethan frunció el ceño, y apartó a Scooter de un empujón.
– ¿Qué? -preguntó Lena, perpleja.
– Maldita sea -dijo Scooter-, he oído decir que se le quedó una cara como si se hubiera tragado un petardo de los gordos.
– ¿A quién se le quedó así la cara? -preguntó Lena.
– ¡A Ellen! -respondió Scooter, como si fuera evidente-. Se voló la cabeza, tía. ¿De dónde coño sales?
La noticia dejó tiesa a Lena. Se había pasado el día en su habitación, mirando el identificador de llamadas. Nan la había telefoneado un par de veces, pero no había contestado. La muerte de Ellen Schaffer añadía un nuevo escollo a la investigación. Si era un montaje, como la de Andy, Jeffrey sería el doble de duro con ella.
Sin pensar, Lena bebió de la botella. Retuvo el líquido en la boca, saboreándolo antes de tragar. El vodka le quemó al bajar, y notó el trayecto hasta el estómago. Exhaló lentamente, más tranquila, más perspicaz.
– ¿Qué me dices del programa de desintoxicación al que lo enviaron sus padres? -preguntó.
Scooter lanzó otra mirada a sus jeringas, pasándose la lengua por los labios.
– Hizo lo que tenía que hacer para salir, ¿sabes? A Andy le gustaba el crack. Eso no podía evitarlo. Una vez te enamoras, acabas volviendo, como si fuera una amante.
Al parecer a Scooter le encantaba la palabra «amante», porque la repitió varias veces, prolongando la eme a cada repetición. Lena intentó reconducirle al tema.
– ¿Así que volvió y estaba limpio? Scooter asintió.
– Sí.
– ¿Y cuánto duró así?
– Hasta el domingo -dijo Scooter, y se puso a reír como si hubiera hecho un chiste.
– ¿Qué domingo?
– El domingo antes de morir -dijo Scooter-. Todo el mundo sabe que la poli encontró una jeringuilla en su casa.
– Cierto -dijo Lena, diciéndose que Frank se lo hubiera mencionado de ser verdad.
En el campus los rumores se extendían tan deprisa como las enfermedades de transmisión sexual.
– ¿No has dicho que le gustaba fumar? -preguntó Lena.
– Sí, sí -dijo Scooter-. Eso es lo que encontraron.
Lena miró a Ethan. Le preguntó a Scooter:
– Anteayer, ¿Andy se metió algo?
Scooter negó con la cabeza.
– No, pero sé que se metía.
– ¿Cómo estás tan seguro?
– Porque quiso comprarme a mí, tía.
Ethan se tensó.