– Compró una provisión el sábado por la noche y dijo que se lo iba a tomar el domingo -explicó Scooter-. Iba a hacer un viaje en alfombra mágica. Eh, ¿crees que eso es lo que significa la canción?
Lena intentó hacerle volver al tema.
– ¿Crees que quería matarse?
Ethan se puso en pie y se acercó a la ventana.
– Sí, no sé -dijo Scooter. De nuevo miró las jeringuillas-. Vino a mi cuarto y me dijo: «Tío, ¿tienes algo?», y yo le contesté: «Joder, Burke se larga la semana que viene, y me estoy preparando a tope», y él no dejaba de repetir: «Dame lo que tengas. Mira, dinero», y yo le decía: «Que te jodan, tío, que no, ésta es mi mierda, todavía me debes dinero de antes de irte a desintoxicar, mariconazo», y él…
Lena le interrumpió.
– ¿Andy tenía problemas de dinero?
– Sí, como siempre. Su madre le hacía pagar un alquiler y toda esa mierda. ¿Qué tomadura de pelo es ésa? Su propio hijo, y le hacía pagarse la ropa y toda la pesca como si estuviera en la puta beneficencia. -Se arregló los shorts-. Ese coche era cojonudo. -Se volvió hacia Ethan-. ¿Viste el automóvil que le había comprado su padre?
Lena intentó que Scooter se centrara.
– ¿Tenía dinero el sábado por la noche? ¿Sí o no?
– Joder, no lo sé. Eso creo. Al final pilló algo.
– Creí que le habías vendido tú.
– Joder, no, tía. Ya te lo he dicho, sabía lo que pretendía hacer. A mí no me pillan en esa mierda. Le vendes algo a un tío y la palma de sobredosis y al día siguiente tienes el culo entre rejas acusado de homicidio, y yo no voy a la cárcel, tía. Ya tengo un empleo apalabrado para cuando salga de aquí.
– ¿Dónde? -preguntó Lena, sintiendo curiosidad por saber quién coño contrataría a ese patético desecho humano.
Ethan no le dejó contestar.
– ¿Sabías que iba a matarse?
– Supongo. -Scooter se encogió de hombros-. Eso es lo que hizo la última vez. Compró una bolsa de mierda y se rajó el brazo con una hoja de afeitar. -Se dibujó una línea en el brazo para ilustrarlo-. Tía, más falso imposible. Sangre por todas partes, ni te lo imaginas. ¿Crees que debería haber dicho algo, tío? Yo no quería meterme en líos..
– Sí, joder -dijo Ethan, acercándose a la cama. Le dio una colleja a Scooter-. Sí, deberías haberle dicho algo. Tú le mataste, capullo, eso es lo que hiciste.
Lena dijo:
– Ethan…
– Vámonos de aquí -ordenó Ethan, abriendo la puerta con tanta fuerza que el pomo melló la pared del golpe.
Lena le siguió, pero cerró la puerta y se quedó en el cuarto.
– ¡Lena!
La puerta tembló con los golpes de Ethan, pero ella cerró con llave, con la esperanza de que eso le dejara fuera unos minutos.
– Scooter -dijo, asegurándose de que él le prestaba atención-, ¿quién le vendió las drogas?
Scooter se la quedó mirando.
– ¿Qué?
– ¿Quién le vendió las drogas a Andy? -repitió-. El sábado por la noche, ¿dónde consiguió las drogas?
– Mierda -dijo Scooter-, no lo sé. -Se rascó los brazos, incómodo ahora que Ethan no estaba-. Déjame en paz, ¿entendido?
– No -negó Lena-. No hasta que me lo digas.
– Tengo mis derechos.
– ¿Ah sí? ¿Quieres que llame a la policía? -Tenía la botella en una mano, y cogió las jeringuillas llenas con la otra-. Vamos a llamar a la poli, Scooter.
– Ah, joder, tía, vamos.
Hizo un débil intento de llegar hasta las jeringuillas, pero Lena fue más rápida.
– ¿Quién le vendió la droga a Andy?
– Vamos -gimió Scooter. Al ver que eso no funcionaba, capituló-. Deberías saberlo, tía. Trabajas con él.
Lena dejó caer las jeringuillas y casi suelta la botella antes de poder reaccionar.
– ¿Chuck?
Scooter se tiró al suelo, recogiendo las jeringuillas como si fuesen dinero encontrado.
– ¿Chuck? -repitió Lena.
Estaba demasiado atónita para decir nada más. Echó un trago de vodka y, a continuación, apuró el resto de la botella. Se sentía tan confusa que tuvo que volver a sentarse en la cama.
– ¿Lena? -chilló Ethan desde el otro lado de la puerta.
Scooter comenzó a inyectarse. Lena se lo quedó mirando, hipnotizada, mientras se sacaba un poco de sangre y luego se bombeaba la droga en la vena. Tenía el extremo de la banda elástica entre los dientes, y la soltó con un chasquido cuando el émbolo de la jeringa llegó al final.
Scooter soltó un grito ahogado, y todo el cuerpo sufrió una sacudida. Tenía la boca abierta, y el cuerpo le temblaba al entregarse a la droga. Los ojos vagaban sin rumbo, desorbitados, y le castañeteaban los dientes. Le temblaba tanto la mano que la jeringa se le cayó al suelo y rodó debajo de la cama. Lena lo contemplaba, incapaz de desviar los ojos, mientras su cuerpo experimentaba las acometidas del ice en las venas.
– Oh, tía -susurraba Scooter-. Joder, tía. Oh, sí.
Lena contempló la otra jeringa que había en el suelo, preguntándose cómo se sentiría si se dejaba ir, si permitía que la droga controlara su cuerpo durante un rato. O le quitara la vida.
Scooter se puso en pie de un salto tan bruscamente que Lena reculó y se golpeó la cabeza contra la pared.