– No te vayas así -le rogó Jeffrey, consciente de que le estaba suplicando-. Por favor, Lena. Yo sólo… por favor.
Lena soltó una risotada, haciéndole quedar como un idiota.
– ¡Te dije que hablaría contigo! -exclamó-. A menos que tengas algún cargo contra mí, me largo de aquí.
Jeffrey se reclinó en la silla, deseando que Lena le diera una explicación.
– ¿Jefe? -preguntó Lena, con tan poco respeto como le fue humanamente posible.
Jeffrey hojeó la carpeta, leyendo en voz alta la lista de cargos que nunca habían llegado a la sala del tribunal.
– Incendio provocado. Agresión grave. Robo de coches a gran escala. Violación. Asesinato.
– Parece un best seller -dijo Lena, poniéndose en pie-. Gracias por la charla.
– La chica -insistió Jeffrey-. La que fue violada y asesinada a golpes mientras él estaba sentado en su camión y miraba. -Lena siguió allí y él prosiguió-. ¿Sabes quién era?
Ella le replicó enseguida. -¿Blancanieves?
– No -contestó Jeffrey cerrando la carpeta-. Era su novia.
Jeffrey estaba sentado en su coche delante del edificio de la asociación de estudiantes, mirando a un grupo de mujeres que pegaban carteles en las farolas del patio. Todas eran jóvenes, de aspecto saludable, vestidas con chándal o sudadera. Cualquiera de ellas podría haber sido Ellen Schaffer. Cualquiera de ellas podría ser la próxima víctima.
Había ido a decirle a Brian Keller que era probable que su hijo hubiera sido asesinado. Jeffrey quería ver cuál era la reacción del hombre ante la noticia. También deseaba averiguar qué era lo que Keller no quiso decirle delante de su mujer. Jeffrey tenía la esperanza de que éste le proporcionara una pista sólida. De hecho, lo único que tenía era a Lena, y no podía aceptar que ella estuviera implicada.
La noche anterior Sara le había señalado las diferencias entre la escena del crimen de Andy Rosen y la de Ellen Schaffer. Si alguien preparó la de Andy Rosen, hizo un trabajo de primera. Pero lo de Ellen Schaffer era otro asunto. Aun cuando el asesino no se hubiera dado cuenta de que había aspirado un diente, la flecha dibujada en el patio era una mofa bastante evidente. En cierto momento, Sara había sugerido que las diferencias entre ambos crímenes podían indicar que quizás había dos asesinos. Jeffrey había desechado la idea, pero después de ver a Lena y Ethan juntos ya no sabía qué pensar.
En la sala de interrogatorios, Lena se había mostrado distinta, comportándose como una perfecta desconocida. El hecho de que no sólo hubiera defendido el pasado de Ethan White, sino negado que le hubiera hecho daño, hacía que Jeffrey se cuestionara todo lo que había explicado hasta ahora sobre el caso. Llevaba mucho tiempo siendo policía, y había visto cómo los maltratadores embaucaban incluso a las mujeres más fuertes. Era asombroso comprobar lo parecidos que eran los métodos de todos ellos y cuán fácilmente algunas mujeres se dejaban engatusar. En esos momentos había miles de mujeres en presidio porque las habían pillado en posesión de la droga de sus parejas. Y algunos miles más habían cometido algún delito porque la cárcel era el único lugar donde podían protegerse de los malos tratos.
En Birmingham, cuando Jeffrey era patrullero, había acudido al menos diez veces a socorrer a la misma mujer. Era directora de comunicaciones de una empresa internacional, y tenía dos títulos de Auburn. Casi un millar de personas en el mundo podían responder por ella, y cada vez que Jeffrey acudía a su casa porque le llamaban los vecinos, ella se quedaba en la entrada, con la cara ensangrentada, las ropas destrozadas, diciendo que se había caído por las escaleras. Su marido era un capullo canijo que se calificaba a sí mismo de padre hogareño. De hecho, era un alcohólico incapaz de conservar un empleo y que vivía del dinero de su mujer. Al igual que casi todos los maltratadores, era amable y encantador y no veía el aspecto que tenía su mujer cuando acababa de sacudirle. En la actualidad, un policía no necesitaba el testimonio de una mujer para arrestar a un maltratador, pero en aquella época las leyes protegían al marido.
Jeffrey se acordaba de un caso en particular. Estaba en la puerta de la casa, helado de frío, viendo cómo la sangre le resbalaba por la pierna de la víctima y formaba un charco a sus pies a causa de Dios sabe qué, mientras ella insistía en que su marido era un buen hombre que nunca le había puesto la mano encima. De hecho, la única vez que Jeffrey vio que el marido la tocara fue cuando la enterraron. Metió una mano dentro del ataúd y le dio unas palmaditas en la cabeza, y a continuación le ofreció a Jeffrey la mayor sonrisa de hijoputa que éste había visto y le dijo:
– Ese último peldaño era mortal.
Jeffrey trabajó dos años con el forense intentando conseguir pruebas contra ese capullo, pero mientras que era fácil demostrar que alguien se había caído por las escaleras y roto el cuello, demostrar que le habían empujado era más difícil.