– No pasa nada -la disculpó Jeffrey.
La mujer tenía peor aspecto que el día anterior. Sus ojos estaban tan hinchados de llorar que apenas se le veían, y estaba demacrada. Llevaba un jersey de manga larga de cuello alto con cremallera. Mientras hablaba con Jeffrey se apretaba el cuello con las dos manos para combatir el frío.
– Menuda pinta tengo -se disculpó.
– En ese momento me disponía a hablar con su marido -dijo Jeffrey, pensando que había echado a perder la oportunidad de hablar con Keller a solas.
– Está al llegar -le explicó ella, sacando un juego de llaves-. Tiene dos juegos -comentó-. Le dije que nos encontraríamos aquí. Necesitaba salir de casa.
– Me sorprendió saber que venía a trabajar.
– El trabajo le ayuda a recuperarse. -Sonrió con languidez-. Es un buen lugar donde esconderte mientras todo se desmorona a tu alrededor.
Jeffrey sabía exactamente a qué se refería. Después de que Sara se divorciara de él, lo único que hacía era trabajar; de no haber tenido un empleo al que acudir todos los días, se habría vuelto loco.
– Siéntese -le invitó Jeffrey, indicando un banco-. ¿Cómo lo lleva?
Rosen espiró lentamente al sentarse.
– No sé qué responder a esa pregunta.
– Supongo que es una pregunta bastante estúpida.
– No -le aseguró ella-. Es algo que me he estado preguntando últimamente. «¿Cómo lo llevo?» Se lo haré saber en cuanto obtenga una respuesta.
Jeffrey se sentó junto a ella, mirando el patio del campus. Algunos estudiantes se sentaron en el césped para almorzar, mientras extendían una manta y sacaban unos sándwiches de sus bolsas de papel marrón.
Rosen también contemplaba a los estudiantes. Tenía el borde del cuello del suéter en la boca. Estaba tan deshilachado que Jeffrey dedujo que era un hábito nervioso.
– Creo que voy a dejar a mi marido -dijo ella.
Jeffrey la miró pero no dijo nada. Se dio cuenta de que le costaba hablar.
– Quiere marcharse. Irse de Grant. Empezar de nuevo. Yo no puedo empezar de nuevo. No puedo.
Bajó la mirada.
– Querer marcharse es comprensible -dijo Jeffrey, invitándola a continuar hablando.
Rosen señaló el campus con una inclinación de cabeza.
– Llevo aquí casi veinte años. Hemos echado raíces aquí, para bien o para mal. Esa clínica forma parte de mi vida.
Jeffrey guardó silencio durante unos instantes. Al ver que ella callaba, le preguntó:
– ¿Le ha dicho por qué quiere marcharse?
Rosen negó con la cabeza, pero no porque no supiera el porqué. Su voz reflejaba una tristeza casi insoportable, como si hubiera decidido admitir la derrota.
– Una reacción típica de él. Bravuconea como si fuera muy macho, pero al primer inconveniente huye con el rabo entre las piernas.
– Lo dice como si no fuera la primera vez.
– Y no lo es -le confirmó.
Jeffrey insistió.
– ¿De qué huye?
– De todo -dijo ella, pero no le dio detalles-. Toda mi vida laboral se basa en ayudar a la gente a enfrentarse con su pasado, y sin embargo soy incapaz de ayudar a mi marido a enfrentarse con sus demonios. -Con voz más serena, añadió-: Ni siquiera puedo ayudarme a mí misma.
– ¿Y cuáles son sus demonios?
– Los mismos que los míos, supongo. Cada vez que giro por una esquina, espero encontrarme con Andy. Estoy en casa, oigo un ruido y miro por la ventana, esperando verle subir las escaleras de su habitación. Para Brian, que trabaja en el laboratorio, tiene que ser más duro. Sé que es más duro. Tiene que entregar su trabajo en una fecha límite. Hay en juego muchísimo dinero. Lo sé. Sé de qué va todo eso.
Había levantado la voz, y Jeffrey percibió en ella una cólera que llevaba tiempo gestándose.
– ¿Es por lo de su aventura?
– ¿Qué aventura? -preguntó Rosen. Su sorpresa parecía auténtica.
– Corre un rumor -le explicó Jeffrey, y le entraron ganas de desmontarle los dientes de una patada a Carter-. Alguien me contó que Brian estaba liado con una estudiante.
– Dios mío -musitó Rosen, cubriéndose los labios con el cuello del suéter-. Casi desearía que fuera cierto. ¿No le parece horrible? -preguntó-. Significaría que hay algo que le importa aparte de su queridísima investigación.
– Su hijo le importaba -dijo Jeffrey, recordando la discusión del día anterior.
Rosen había acusado a Keller de no preocuparse por su hijo hasta que murió.
– Le iba a rachas -prosiguió Rosen-. El coche. La ropa. El televisor. Le compraba cosas. Era su manera de demostrar su cariño.
Había algo más que ella intentaba decirle, pero Jeffrey no sabía qué.
– ¿Adónde quiere irse?
– ¿Quién sabe? -respondió Rosen-. Es como una tortuga. Cuando ocurre algo malo, esconde la cabeza y espera a que pase. -Sonrió, dándose cuenta de que ella también escondía la cabeza en el cuello de su suéter-. Era para ilustrar el símil.
Él sonrió a su vez.
– Simplemente no puedo. No puedo seguir viviendo así. -Miró a Jeffrey-. ¿Me enviará la factura de esta sesión, o debo pagarle ahora?
Él volvió a sonreír, deseando que continuara.
– Supongo que su trabajo es muy parecido al mío. Escucha hablar a la gente e intenta imaginar lo que realmente intentan decir.
– ¿Y usted qué intenta decir? Rosen consideró la pregunta.