La verdad, yo había salido con todo tipo de hombres, y algunos de ellos no los denominaría como lumbreras, pero nunca hasta entonces con alguien parecido. Aunque lo cierto es que tampoco me importaba. Me decía que son pocos los yankis que leen, y que además existen grados de cultura. El FMN, por ejemplo, poseía un conocimiento casi enciclopédico de discos y grabaciones de jazz (te podía recitar de memoria, por ejemplo, la lista de discos de Miles Davis, por año y con productores), así que yo pensaba que lo uno por lo otro y procuraba buscar temas de conversación que no incluyeran la literatura. Y es que, al fin y al cabo, la conversación no era el ingrediente más importante de nuestra relación. Qué importaba que no leyera si, a qué negarlo, poco me importaba lo que él me contara, si las palabras acababan por perder su significado borrado por la acariciadora tibieza de su profunda y negra voz de bajo, si el color y el matiz y la textura de su tono me hacían subir y bajar como si el asfalto de la ciudad no fuera sino una enorme ola lisérgica y yo la espuma de su cresta, si me parecía flotar muy por encima de la vida, navegando en un mar más allá del cual las realidades cotidianas -hipotecas pendientes, facturas impagadas, plazos vencidos de créditos a cuenta-, varadas en la orilla, menguaban desde la distancia, haciéndose cada vez más y más pequeñas hasta convertirse en meros puntos insignificantes en el horizonte, para finalmente desaparecer.
Había otro detalle que en un principio me encantaba y luego acabó por incomodarme. A él yo le gustaba. Le gustaba mucho. Le gustaba de verdad, físicamente, me explico. Yo nunca me he tenido por el bellezón del siglo, entre otras cosas porque desde pequeña me quedó muy claro en mi casa que belleza, lo que se dice belleza, era la de Laureta, mientras que lo de Asun y yo no era otra cosa más que brillante medianía. Así que, consciente de dicha medianía, toda la vida he procurado seducir desde la simpatía y la conversación, y lo cierto es que tampoco me había ido tan mal, o al menos no peor que a ninguna de mis amigas. Y bueno, siempre he estado acostumbrada a que mis novios me dijesen que les gustaba que yo fuera tan cariñosa, o tan divertida, o incluso tan leída, pero nunca esperé que alabasen mi cuerpo, cosa que, por otra parte, tampoco solían hacer. Y lo primero que me sorprendió del FMN es que parecía que mi cuerpo le encantaba, que le encantaba de veras, incluso si le sobraban siete kilos o quizá precisamente por eso. Me envaneció que alguien se fijara tan atentamente en mi existencia como ser físicamente amable. Pero dejando aparte ese breve momento de vanagloria en el cual todavía no sé si el asombro tuvo más importancia que la verdadera vanidad, la sensación era más bien de incomodidad, como si se me hubiera concedido un premio destinado a otra que lo mereciese o lo desease más que yo. Por ejemplo, mi pecho, el mismo que ha sido la mayor fuente de complejos desde la adolescencia, el que me he pasado media vida intentando ocultar con remedios tan ineficaces como sujetadores reductores y chaquetas largas incluso en verano, el culpable de que en mi pubertad me pasara las horas muertas en la playa de Santa Pola con una camiseta XL y sólo me atreviera a bañarme a primera hora de la mañana, cuando no había allí más que cuatro viejecitas, sí, ese mismo pecho le tenía fascinado hasta unos extremos que resultaban francamente incómodos, pues se pasaba el día magreándolo, incluso en público, y a la hora de hacer el amor se concentraba tanto en él que cualquiera que nos hubiese visto habría pensado que, a causa de una extraña broma genética, yo tenía el clítoris localizado en el canalillo de la misma forma que Linda Lovelace aseguraba tenerlo en la garganta.
Una tarde me anunció que me tenía reservada una sorpresa, me subió a un taxi (él tenía un coche imponente, un deportivo, y no me preguntes la marca porque de coches no sé nada, pero sí sé que tenía pinta de carísimo, aunque no había ocasión de lucirlo mucho pues, como buen coche neoyorkino, casi nunca lo usaba para moverse por la ciudad) y se plantó en la Quinta Avenida.