Pues bien, acabé saliendo de Versace con cuatro bolsas de ropa que yo no había pagado y con el íntimo convencimiento de que me acababa de convertir en la puta cara del FMN, por más que me dijera que el criterio estético e indumentario no es el mismo para los americanos que para los europeos, y muy en particular para los afroamericanos y que, después de todo, las raíces son las raíces y que ya sabemos que en los climas calientes la gente adora los colores vistosos por influencia e imitación del paisaje, pese a que el paisaje que rodease al FMN no exultara de palmeras ni magnolias ni hibiscos reventones, sino de edificios de cristal y acero en toda la gama de colores fríos. Intentaba convencerme de que tampoco era para tanto, que a fin de cuentas un Versace es un Versace (por más que se tratase no de alta costura sino de pret à porter en este caso) y que seguro que mi hermana Laureta se moriría de envidia si supiera que acababa de salir de esta boutique con el equivalente al sueldo de tres meses de su (segundo) marido metido en unas bolsas. Pero Laureta no es rubia y no tiene las tetas enormes, así que seguro que el traje rojo le habría quedado de lo más fino y elegante, digno de pasarela, en lugar de darle aspecto de novia de rapero o de conejita de Playboy. Y lo peor de todo era que no habría nada de malo en parecer una conejita de Playboy si es que a una le gusta parecerlo, pero en mi caso yo no me había llevado la ropa a casa tanto porque me gustase como porque le gustaba al hombre que me la había comprado. Y aquel pequeño detalle inclinaba la balanza de tal modo que lo que podría haber sido coquetería pasaba a ser exhibicionismo, exhibicionismo no femenino sino masculino, por parte del hombre que quiere dejarles claro a todos los demás machos que se está beneficiando a una real hembra, con lo cual los trajes de Versace me recordaban, desde la bolsa, mi recién adquirida condición de objeto sexual. Y tampoco habría nada de malo en ser el objeto sexual de alguien en según y qué momentos dado que el sexo no pasa de ser un juego que requiere cierto grado de objetivación, pero es que a mí nunca se me había ocurrido ni se me ocurriría decirle al FMN cómo tenía que vestir o comentarle que quizá no le viniese del todo mal leer un poco más o averiguar quién había sido en realidad Madame Bovary. Y es que yo, ilusa de mí, daba por hecho que ese tipo de indicaciones habrían resultado insultantes, pero si resultaban insultantes viniendo de mí para con él, ¿no resultaría insultante una imposición indumentaria viniendo de él para conmigo? En fin, estaba hecha un lío y más confusa que un tratado de hermenéutica, pero el caso es que acabé poniéndome los cuatro vestidos y, además, los combiné con tres pares de zapatos de tacón de Charles Jourdan que el FMN me regaló después, y todo esto porque él me tenía fascinada, enamorada, obnubilada, prendada, más todos los adjetivos acabados en -ada que se te ocurran, y ya se sabe que cuando uno está enamorado comienza por engañarse a sí mismo antes de acabar engañando a los demás, y ¿qué mejor forma hay de engañarse a sí mismo y a los demás que llevar unas pintas de las que tu más íntimo yo se avergüenza?