Para colmo de males me encontré en NY con el problema que había intentado dejar atrás en Madrid, pero multiplicado por cinco. Ya dicen que la ciudad la llevas siempre contigo, así que qué más daba que yo hubiera cambiado una por otra si la inseguridad me la había traído en el equipaje y, con la inseguridad, mis problemas con el alcohol. Porque el FMN bebía, por supuesto, bebía mucho, y con él bebía yo. Bebíamos vodkas en los clubes en los que los porteros recibían nuestra llegada como si del Segundo Advenimiento se tratara, bebíamos vino en los restaurantes caros en los que me hacía leer la carta en francés para ver cómo sonaba, bebíamos champán, o más bien espumoso californiano, en Gotham, donde solíamos ir a tomar el brunch y a que nos viesen, bebíamos desde por la mañana hasta por la noche casi sin darnos cuenta de lo que bebíamos, y a veces pienso que quizá fuera la nube etílica en la que me movía la que me mantenía enamorada, trastornada, enganchada o como quieras llamarlo siempre y cuando termine en -ada. El caso es que a él la nube etílica parecía no afectarle en absoluto. Daba igual qué bebiera y en qué cantidades. Su ánimo permanecía imperturbable. Alas tantas, después de haber hecho el recorrido nocturno por el Lotus, el Roxy, el Spai, el Oxygen, el Twilo, el Sound Factory, el Ten's o dondequiera que aquella noche hubiéramos iluminado el local con nuestra rutilante presencia, cuando yo ya trastabillaba y hablaba con lengua de trapo y casi no me acordaba de mi nombre, él seguía igual a como se había levantado por la mañana, es decir: más bien taciturno y callado, con ese aire desengañado que arrastraba, la misma sonrisa condicional que nunca se afirmaba claramente en un rostro en el que se veía aflorar continuamente cierto cansancio, la misma gracia de movimientos propia de aquellos que han ejercitado los miembros para conseguir de ellos lo que quieren con el mínimo esfuerzo, sin participación indiscreta o torpe del resto del cuerpo, de forma que se mueven como si flotaran, sin que casi parezca que lo hagan, y es que verdaderamente el FMN cultivaba un aire ausente, como si anduviera dos metros por encima del suelo y se situara en un plano superior al del resto de los mortales, lo cual, en cierto modo, así era, puesto que se trataba de un hombre muy alto.

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