En el hospital me he encontrado con la tía Eugenia, que ha venido a visitar a mi madre. La tía Eugenia en realidad no es mi tía, de hecho no nos une ningún vínculo de sangre, pero es una de las amigas más antiguas de mi madre, y también de las más íntimas. Tan íntimas que habían desarrollado una especie de código privado para entenderse entre ellas en presencia de terceros. Por ejemplo, si iban a una reunión en la que alguien llevaba un traje espantoso, la una le decía a la otra: «¿Has visto el vestido de Maruchi, qué bonito?» Y la otra respondía: «Sí, tan bonito como Fátima.» Y es que años atrás hicieron un viaje a Portugal del que volvieron algo magulladas (ya te he dicho antes que tuvieron un accidente en el camino de vuelta) y afirmando tajantemente que la basílica de la Virgen de Fátima era el edificio más feo que habían visto en su vida, lo cual no le impidió a mi madre traerse un muestrario de medallitas y escapularios varios y unas cuantas botellas de agua bendita, porque el sitio podía ser feo, pero eso no tenía por qué quitarle lo milagrero.

Mi madre estuvo siempre muy orgullosa de su amiga porque era una de las pocas mujeres de su generación que había hecho una carrera, Farmacia, pues por entonces la tónica general se ajustaba a lo que había dicho el obispo de Orihuela de que «la educación de las mujeres es un lujo innecesario», y a la menor ocasión proclamaba que Eugenia era la mujer más inteligente que conocía.

La tía Eugenia se ha empeñado en volver conmigo en el metro porque no pasó el último test de renovación del carnet de conducir: casi no ve. A veces me resulta un poco fatigosa la señora porque habla y habla sin parar, en un tono exageradamente pausado, como si tuviera que tomar aliento entre una palabra y otra, pero esta vez he hecho el mayor de los esfuerzos para resultar agradable y solícita, supongo que porque he sentido complejo de culpa al darme cuenta de que a mi madre últimamente tampoco le prestaba mucha atención. Me debato entre la compasión y el hastío, porque sé que Eugenia vive muy sola y probablemente no tenga muchas ocasiones de hablar con alguien. Su única hija, una moderna que se las da de artista conceptual, vive en Berlín, creo, y por eso la tía aprovecha para largarme uno de sus monólogos inacabables. Me cuenta que hace poco se hizo una revisión y que el médico le dijo que tenía que hacerse una serie de pruebas y le iba firmando volantes para cada una de ellas. Pero cuando le preguntó por su edad y ella le respondió que ochenta, el médico rompió todos los volantes y le dijo que se olvidase de las pruebas.

– Debió de pensar: «Esta vieja se me muere pasado mañana de todas formas, así que para qué nos vamos a gastar el dinero en pruebas.» Y entonces yo me levanté toda seria en su consulta y le dije: «Ave Caesar, morituri te salutant.» Supondría que era una vieja chocha, porque se me quedó mirando de hito en hito, como si no entendiera la broma.

– Igual lo que no entendía era latín, tía.

<p>19 de noviembre.</p>

Ya tienes dos meses. Ya me sigues con la mirada cuando te hablo, y sonríes cuando se te dicen cosas. Alzas la cabeza y la mantienes en alto durante unos épicos segundos cuando te colocamos boca abajo, pero no puedes sostenerla muy bien cuando te siento, y te empeñas en heroicos esfuerzos por mantenerte erguida, tanto que, cuando no lo consigues, te enfadas y berreas. Ya has aprendido a agarrar objetos: cuando te damos un minianimalito de peluche lo ases con una avaricia digna de Lady Macbeth y te lo llevas a la boca de inmediato: ¡mío! Si te emocionas mucho, pedaleas. También ríes y sonríes. A cualquiera, no sólo a tus papás, como antes. Y has desarrollado un repertorio de expresiones faciales digno de la Duse: me enfado, me sorprendo, me inquieto, me pregunto, me canso, me emociono, me aburro, me entristezco… Cuando te cambio, me dedicas unos piropos increíbles. Te ríes sin parar y me hablas en una entusiasta mezcla de gemiditos y gorjeos para contarme que te alegras mucho de haberte despertado, que te parece estupendo que te cambien el pañal y que, en resumen, estás encantada de haberte conocido.

Como contrapartida, también eres mucho más exigente que antes. No, ya no vale dejarte en el cuco así como así, porque no te gusta que te dejen sola y lo haces notar a gritos. Te enfadas muchísimo cuando no se te hace caso y reclamas atención constante. Además, ya apenas duermes de día. En estos momentos escribo porque he logrado engañarte con un móvil de animalitos, pero no sé cuánto va a durar la calma.

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