Me he acordado de lo que dijo aquel médico cuando habló de la resignación que nos falta en la sociedad occidental. El profesor que me envió al grupo de terapia me dijo que una de las claves de la felicidad estriba en la resistencia a la frustración, y creo que esta sociedad no sólo no nos enseña nada de esto, sino que nos condena a la frustración misma. Como te pases un rato viendo la tele u hojeando una revista de moda acabas con una depresión del quince, convencida de que nunca vas a ser lo bastante delgada, lo bastante estilosa, lo bastante rica. Lo bastante nada. Por ejemplo, el cómic de la revista para la que trabajo dice textualmente:

«Ya tenemos encima la Navidad. Bastante deprimente es la España que nos rodea como para no permitirnos soñar un poquito. Así que imagínate que:

»1) En primer lugar, adelgazas cuatro kilos gracias a tu super-dieta navideña.

»2) El fin de semana previo a la Navidad vas y ligas con un chico que lo tiene todo: guapísimo, riquísimo y conectadísimo.

»3) Tu chico te pide que te vayas a París con él.

»4) Allí os invitan a la superfiestaza de Karl Lagerfeld.

»5) Mario Testino te hace una foto.

»6) Tom Ford te pide que seas su musa. Y tu chico te pide en matrimonio. Y todo eso porque llevas un fabuloso Valentino.»

Y así se resumen, por lo visto, los sueños de las lectoras. Lectoras que pueden aspirar, como mucho, a conocer a un chico (y punto, bastante sería, porque los solteros no abundan… o sí abundan, pero los de la rama politoxicómano-psicopática), a que les inviten a una fiesta no demasiado petarda y a que les quepa la petite robe noire de Zara después del atracón que se van a pegar en Nochebuena para compensar el estrés de las compras navideñas.

O peor: yo, que me voy a pasar la Navidad en un hospital si no la paso de velatorio. Y los millones de niños que no van a tener ningún tipo de fiesta.

Por cierto: ¿quién coño es Mario Testino?

Pero hablaba de la resistencia a la frustración porque esta mañana he salido a pasearte en el carrito y me he encontrado con una vecina a la que ni siquiera conocía. No me extraña que la gente se enganche al «Gran Hermano»: si vivimos en semejante sociedad alienada como para llevar tres años viviendo en un edificio y no haber visto nunca siquiera a la vecina del sexto, ¿cómo no nos vamos a enganchar a una comunidad virtual que promete un sucedáneo de intimidad y comadreo? En fin, la señora, que hasta hoy había ignorado mi existencia y ni me había dirigido la palabra cuando nos habíamos cruzado por la calle (yo ya me había fijado en ella, pues me llamaba la atención el abrigo de piel, un poco ajado pero no sintético, visón auténtico, algo que casi nunca se ve en este barrio), hasta el punto de que ni siquiera sabía que vivía en mi edificio (ella sí, sí lo sabía, se sabe mi vida y milagros, según he deducido de la conversación), y se ha embobado mirándote. Tu presencia me legitima: ya no soy la chica de vida dudosa y mala fama mediática, ahora me he convertido en toda una madre de familia, lo que me supone el honor de tener acceso a su conversación. Y me cuenta que tiene dos hijas, y que las dos han nacido por fecundación in vitro. La primera después de siete, ¡siete! intentos fallidos, a 4 200 euros cada uno, que son ¡29 400 euros!, o sea, cinco millones de pesetas de las de entonces. La segunda llegó después de tres. Pero añádele a este dinero los muchos costes varios de clínicas y médicos y análisis y pruebas y no te costará deducir que los felices padres se han endeudado hasta las cejas. Por las niñas, nada de vacaciones, coche de segunda mano, adiós salidas a cenar… Se han empeñado en unos créditos «que terminarán de pagar mis hijas», me dijo.

– ¿Y por qué no adoptaste? -le pregunté yo (se me quedó en la punta de la lengua la frase que ya me borboteaba entre los labios: empeñar el visón).

– No, nada de eso, no es lo mismo. Yo quería sangre de mi sangre, tú ya me entiendes.

Pues no, no lo entiendo. Incluso me dan pena esas niñas que ya nacen endeudadas por su propio nacimiento, como una reinterpretación moderna del Pecado Original. Esas niñas que no se podrán permitir ser rebeldes, o vagas, o simplemente tontas porque sus padres han invertido tanto en ellas como para que no vayan a aceptar tan alegremente que les decepcionen. No sé por qué, pero imagino a dos veinteañeras neuróticas que ni siquiera podrán tener el consuelo de ir al psiquiatra porque bastante gasto tendrán con los plazos de universidad y los pagos del crédito que permitió que nacieran. Y me acuerdo de aquella frase típica de las disputas que viví en su día entre madre e hija adolescente, la respuesta a aquello que me solía decir la misma mujer que ahora duerme enganchada a tubos y máquinas en una cama de hospital, aquello que decía de me debes un respeto porque te traje al mundo: yo nunca te pedí nacer.

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