De la misma forma que no vemos gordas en las revistas de moda ni en los programas de televisión, tampoco vemos la muerte a nuestro alrededor. Ya nadie o casi nadie lleva luto y nunca se habla de los familiares muertos, como si no existieran. Sólo cuando cuentas que tu madre está en el hospital descubres que a la mayoría de tus amigos les falta un padre, o una madre o un hermano, una ausencia que hasta ahora nunca habían mencionado. Me recuerda un poco a lo que pasaba en el
20 de noviembre.
Sigue igual. Abre un pelín los ojos si se le grita al oído y de vez en cuando ladea la cabeza ligeramente o mueve la boca. Eso no quiere decir que nos entienda o que sepa que estamos ahí: puede tratarse de simples actos reflejos. Aunque Caridad intentó animarme y me dijo que estaba segura de que entendía, porque por la mañana le había preguntado si le dolía mucho y ella movió la cabeza para decir que no. Me gustaría creer a Caridad, pero a nosotros no nos ha hecho ningún gesto revelador. Sé que sabe que estamos ahí, pero su percepción podría ser tan limitada como la tuya, que sabes quiénes somos y entiendes nuestro tono, pero no comprendes nada de lo que te estamos contando.
Resulta curioso cómo la vejez acerca a los humanos al estado de bebé. Porque ahora ella es como tú: incapaz de moverse o incluso de sobrevivir sola. Y, sin darnos cuenta, sin querer, sin pensarlo, todos le hablamos como a un bebé, empleando un tono agudo al dirigirnos a ella y moviendo exageradamente la boca.
Me ha sorprendido ver que alguien ha colgado en la cabecera de su cama una estampita de la Virgen de la Asunción. Le he preguntado a Caridad quién la ha puesto ahí y me ha contestado que no está segura, pero que juraría que mi padre, lo que me ha sorprendido todavía más, porque de toda la vida siempre fue muy escéptico con respecto a lo que consideraba supercherías.
Mi madre sufría una cardiopatía congénita que los profesionales no supieron diagnosticarle hasta los veintitantos años. Cuando ella era pequeña, en Alicante, el médico aseguró que sufría fiebres reumáticas. Le costaba muchísimo hacer esfuerzos, se ahogaba si tenía que ascender por un tramo de escalones, no podía cargar con las bolsas si iba a la compra y siempre estaba sufriendo de palpitaciones. Sus manos, desde que yo las recuerdo, llamaban mucho la atención porque eran blancas como la cera, exangües, consumidas, de dedos largos y frágiles como pequeñas cañas de bambú y surcadas, desde las muñecas a los nudillos, de finos ramales verdiazules. Cuando tenía una crisis de palpitaciones los labios se le ponían de color violeta y parecía una resucitada. Por eso había adquirido el hábito de llevarlos siempre pintados y de no salir a ninguna parte sin un pintalabios y un espejito de bolsillo. Este aspecto lánguido y enfermizo no mermaba su belleza, más bien al contrario: de la enfermedad le venía la extrema delgadez y el aire elegante y delicado.