Pero poco a poco el rumano empezó a abrirse, a hablar; de su tesis, de su laboratorio, de sus experimentos… Como era casi morbosamente cauto usaba siempre medias tintas, como pensándoselo mucho, pero sus comentarios, certeramente agudos y precisos, tenían un sabor totalmente suyo. No era mucho lo que contaba ni era muy personal, pero era algo, suficiente como para que yo pensara que acabaría por encontrar en sus palabras la clave para entenderle, sobre todo porque esas palabras las hacía brotar yo con mis preguntas, imitando su propio juego, y así me sentía como una investigadora que por medio de pruebas confirmaba suposiciones, buscando ávidamente la significación de sus silencios en unos ojos que por fin me sonreían, y de esa manera, antes de que me diera cuenta, ya lo había instalado en mi espacio como si fuera otro atrezzo del mobiliario, como la mesilla o la lamparita o las plantas, algo que me hacía la vida más fácil, una distracción que poseía el verdadero secreto de hacerme el tiempo agradable justamente porque no aspiraba a ello, sino sólo a hacérmelo menos aburrido, y no sé cuándo, exactamente en qué preciso instante, dejó de ser la persona que cada tarde estaba allí, el incuestionable hecho de la vida, inevitable pero carente de interés, para pasar a ser casi el centro de mis días, algo que esperaba con ansiedad y que se me hacía tan necesario como una droga, y me encontré desplazada de mi propio yo, como si me hubieran trasladado por ensalmo a un territorio diferente; y así caí en la cuenta de cómo, por debajo de los incidentes visibles y desde la primera noche en la que dormimos juntos en el desfondado sofá de Sonia, había existido una subyacente nota callada, tan misteriosa y potente como la influencia que prepara a las hojas de los árboles para brotar cuando todavía se hiela el agua en los charcos de las aceras, y entonces advertí que volvía a estar enganchada, y me pregunté qué habría sido de aquella novia de la que ninguno de los dos había vuelto nunca a hablar.

Han pasado ya dos meses, y no sé por dónde empezar a contarte…

Quizá no debería contarte nada. Quizá debería archivar este montón de folios y olvidarlos. O quizá debería empezar por la locura que supuso ir a buscar un traje negro para tu padre, que nunca antes se había vestido de esta manera.

Teníamos apenas una hora para encontrar uno, pues habíamos quedado en que a las diez de la noche estaríamos en la que fue casa de mi madre para poder salir hacia Alicante a la mañana siguiente.

No, no es así…

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