Me llamaron a las tres de la mañana, eso lo sabes. Insistieron en que no apareciera en el hospital hasta el día siguiente. Me presenté allí a las nueve, en la cafetería del hospital donde estaban todos reunidos: mi padre, mis hermanos, Reme, Eugenia, más un montón de parientes, amigos y conocidos cuyos nombres y caras no me decían nada a pesar de que todos parecían saber quién era yo, y cómo había sido de pequeña, las coletitas que mi madre solía hacerme y el ceceo que no conseguí quitarme hasta casi los diez años. Me explicaron que mi padre había llegado al hospital a las siete y firmó todos los papeles que había que firmar. Pregunté si podía ver a mi madre y todos intentaron disuadirme aduciendo que debía esperar a que la arreglaran y acicalaran, que pronto la bajarían al velatorio y que entonces podría verla, pero antes no. Sin embargo yo insistí denodadamente y acabé por subir a la UVI, donde me encontré con Caridad, a quien le rogué que me permitiera ver a mi madre, o lo que de ella quedaba (consideré milagro, intervención divina, que aquella mañana estuviera allí, y que además fuera la primera enfermera con la que me topara). Caridad accedió enseguida, sin decir palabra. Ella también parecía afectada -me hubiera atrevido a decir que había rastros de lágrimas en sus ojos-, y me llevó hasta una camilla donde había una bolsa verde con una cremallera que la recorría de forma transversal. Ya había visto ese tipo de bolsas en las series de la tele -cuando el forense enseña el cadáver a la desconsolada viuda que ha de reconocerlo y que rompe a llorar acto seguido-, pero nunca había estado delante de una. Caridad abrió la cremallera y entonces vi a mi madre, o a una parte de mi madre sin mi madre, a su envoltura mortal (porque me vino a la cabeza de inmediato aquella frase de Hamlet:
Las madres regalan la vida, Amanda, y siempre simbolizan eso para sus hijos, de forma que aquellos que no nos hemos entendido con nuestras madres interpretamos la vida como un regalo envenenado y avanzamos a trancas y barrancas porque albergamos un feroz y permanente instinto de muerte que tira de nosotros. Y a esa pulsión de muerte yo la llamé Mi Otra. Y la Otra, que había nacido del amor a mi madre, se quedaba allí, impotente frente a una bolsa verde, viendo cómo la razón de existir que la animara se reducía a eso, a un envoltorio.
Me daba vergüenza que Caridad viera las lágrimas, así que articulé como pude un «gracias» entrecortado. Recogí la estampa de la Virgen de la Asunción que aún seguía en la cabecera de la cama ya vacía, me la guardé en el bolsillo y me marché.
Bajé a la cafetería, aguanté de nuevo el chaparrón de comentarios sobre mis coletas y mi ceceo y lo mona que yo había sido de pequeñita y lo mucho que mi madre me quería y descubrí que ya habían hecho planes por mí.
Estaríamos en el velatorio por la tarde. De seis a diez.
Y a las diez yo llegaría a casa de mi padre, que se acostaría a las once. A las siete de la mañana del día siguiente nos levantaríamos para estar a punto a las ocho y emprender camino hacia Alicante.