Cierto es que no lloré, pero más cierto es aún que fue Consuelo (y nunca se lo agradeceré bastante) la que me tuvo que hacer las maletas porque a mí me temblaban las manos. Pero no lloré y eso es lo importante: no traicioné las consignas de los Agulló según las cuales las formas y la compostura no se pierden en familia, sobre todo en los momentos en los que se entendería que alguien pudiera perderlas, y me presenté en el velatorio a las siete y dos minutos, vestida de negro y con el pelo recogido en un moño de lo menos vistoso, como si fuera a interpretar
Había estado en muchos velatorios antes, pero nunca en uno tan feo.
En realidad no había estado en tantos. Cinco, para ser exacta.
Dos en Alicante, y los dos en la casa del finado, con el féretro en medio del salón rodeado de velas y flores y, en una habitación contigua dispuesta a tal efecto (quizá fuera el comedor y alguien se había llevado la mesa y dejado las sillas), unas cuantas señoras de negro que lloraban junto a una mesita y en ella una bandeja con licor y pastas mientras los señores, todos encorbatados, fumaban en el recibidor. O así es como se me aparece la escena, difuminada entre las brumas del recuerdo, alzándose ficticia desde mi contemplación desentendida, pues aquellos velatorios (uno el de mi abuelo paterno y el otro creo que el de mi abuela) los viví muy jovencita, puede que a los once o doce años. Quién sabe si al describirlos estoy regresando a salones en los que en realidad no haya estado nunca.
Los otros tres velorios los había vivido en Madrid, siempre en el tanatorio de la M-30. Uno fue el de un amigo que falleció por sobredosis, otro el de otra amiga víctima de un accidente de tráfico y el tercero el de una compañera de trabajo, directora de la colección de narrativa en la editorial para la que yo trabajé de correctora, a la que un cáncer fulminante se llevó antes de que cumpliera los cincuenta. Y de aquellas velas de tanatorio, aquellos acompañamientos urbanos, organizados y asépticos, tengo un recuerdo muy distinto.
En el tanatorio de la M-30 hay diferentes salas para cada finado, algunas más pequeñas y otras enormes, más grandes que mi propio apartamento, pero todas decoradas en los mismos tonos pastel, melocotón para las paredes, si no recuerdo mal, y rosa palo para la moqueta, con una iluminación indirecta a tono con la calidez del papel pintado y unos sillones mullidos y confortables, de tal forma que aquello parece un salón recién copiado del
Los velatorios de hospital, sin embargo, como el de mi madre, no tienen libro de visitas ni colores pastel ni sillones mullidos. Tienen una sala común con sillas de plástico duro, una máquina expendedora de Coca-Colas que ya ni funciona y un suelo helado y no muy limpio de loseta barata. Y después una serie de habitaciones individuales que dan a un pasillo común, tan pequeñas como para que prácticamente sólo quepa el féretro (una de las coronas de mi madre, la que habían enviado desde La Estrella, la compañía de seguros en la que trabaja mi hermano, era demasiado grande y por poco no cabe, hubo casi que encajarla contra el ataúd), minihabitáculos que casi parecen armarios y que no disponen de cristal que separe al muerto de los vivos, sin mampara que distancie a un cadáver tangible y obvio que visto de cerca parece una estatua de cera, porque allí, a diferencia del tanatorio, no hay lugar para la ilusión y el sueño.