Ni se me ocurrió remolonear cinco minutos en la cama, como hago cuando estoy en casa, disfrutar de esa lentitud confusa entre el sueño y la vigilia, porque bien sabía que ni siquiera la muerte de mi madre serviría de excusa o de coartada para saltarse una de las reglas inquebrantables de los Agulló, una de las pocas reglas de la que he sabido olvidarme con los años, desaprendiendo con esfuerzo algo que en mi infancia habían grabado a fuego en mi mente: que el tiempo no está para perderlo y que el día hay que empezarlo con decisión castrense. De hecho, toda la vida he sospechado que mi padre se levanta y se ducha con agua fría, porque él siempre ha combinado admirablemente dos personalidades casi opuestas: fuera de casa, el hombre sociable, simpático y
Yo no me he duchado nunca con agua fría ni lo haré, pero sí es cierto que he aprendido a hacerlo en el menor tiempo posible porque durante años viví en una casa con dos cuartos de baño, uno para padres y otro para cuatro hermanos, y todos teníamos que entrar en el colegio a la misma hora, así que ninguno podía perder tiempo en la ducha pues le estaría robando su turno a otro, y esa obligación de la ducha rápida es otra imposición de las que se graban a fuego en el subconsciente: tu madre, aunque lo intentara, nunca sería capaz de entregar un trabajo tarde o permanecer más de tres minutos bajo el chorro del agua. Así que a las siete estaba despierta, a las siete y diez duchada y a las siete y veinte vestida, y durante ese tiempo tu padre te había despertado, cambiado y dado el biberón. A y media en punto estábamos los dos sentados en la mesa frente al desayuno que la asistenta había preparado, y a las ocho, cumpliendo con los planes previstos, estábamos más que listos. Un cuarto de hora después llegaría Vicente a recogernos en la puerta de casa: todo organizado y predecible como el mecanismo de un reloj. La sacrosanta y siempre perfecta eficiencia Agulló.
Llegamos al hospital con tiempo de sobra para firmar los papeles de rigor y puntuales a nuestra cita con el hombre de negro que nos presentó al chofer del furgón funerario que llevaría el cuerpo de mi madre hasta Alicante. Estaban allí también Asun y Laureta con sus maridos y sus niños y sus coches respectivos. Qué precisión de máquina bien engrasada.
Tal y como estaba calculado (por supuesto ¿lo dudabas?) llegamos a Alicante a la hora de comer, donde habíamos quedado con el resto de la familia y con Reme y Eugenia, que habían salido en el primer tren de la mañana desde Atocha.