Por contraste, en la planta segunda reinaba una desolación absoluta, aunque en cuanto se corrió la voz abajo nos llegó una riada de gente que conocía a mi madre o a su familia y que pensarían que bien podían matar dos pájaros de un tiro y asistir en el mismo día a los dos actos. Así que allí se presentaron no sólo nuestros parientes y amigos, sino el carnicero, el panadero, la frutera, la pescadera, el teniente de alcalde y su mujer, la bruja Juli (aquella que le dijo a mi madre que mi padre jamás la dejaría, y a quien la presencia de mi padre le confirmaba lo acertado de su predicción), la mismísima María Dolores Mulá (una pintora famosísima del pueblo que siempre va muy moderna y a la que todos conocíamos de vista o de oídas pero ninguno personalmente, y que sin embargo se mostró muy amable con todos nosotros y muy afligida por la muerte de nuestra madre) e incluso Pepito, el que había sido el florista más popular de todo Elche porque tenía el puesto en la plaza y al que hacía años que nadie veía en ningún sitio. Y así se formó el revuelo en el velatorio y volvieron los comentarios de siempre «pobreta, qué pena, con lo buena mujer que era», «si es que no somos nadie», «unos vienen y otros se van» y «qué guapa es tu hija y cómo se parece a ti» y vuelta a hablar de cuando yo era pequeña y de mis ceceos y mis coletitas. Harta ya de estar harta, que diría Serrat, enfilé para el baño, en donde me encontré con una multitud haciendo cola y además con una señora que por lo visto había hecho noche en el edificio, velando a un familiar, y que estaba en sujetador y con el vestido arremangado hasta la cintura, lavándose los sobacos con una pastilla vieja de jabón que había encontrado en aquel lavabo desportillado.
Me gustaría poder decir que la tristeza se me había agarrado al estómago, pero mentiría. Ni siquiera sé si estaba triste, porque todo resultaba tan desconcertante y surrealista como para pensar que aquello no era sino un sueño, que antes o después volveríamos a la vida real en la que no habría habido ni muerta ni tanatorio. Y lo cierto es que para las diez ya tenía un hambre de náufraga, y no sólo yo, sino toda la familia. La tía Reme se quedó en la sala, porque se empeñó en que no podíamos dejar a mi madre sola y porque estaba enfrascada en una charla muy animada con la Mulá, y nos bajamos a la cafetería. Tu padre decidió volver hacia Alicante, con Laureta y sus niños y contigo. Entendimos que yo debía quedarme a hacer noche, o al menos parte de ella, en el velatorio.
La cafetería estaba hasta los topes y más animada que una