En cinco minutos la reunión estaba disuelta, la sala cerrada y nosotros cinco, Vicente, Eugenia, Reme, mi padre y yo, de camino a Alicante.
Cuando llegué, a las cinco de la mañana, tu padre y tú dormíais en mi antigua habitación, tan profundamente que la luz no os despertó y ni siquiera os agitasteis. Y yo caí completamente derrotada, hundiéndome otra noche más en un reposo inmóvil y vacío de imágenes en el que se dormía pero no se soñaba.
El día siguiente fue catastrófico.
A las once menos veinte salíamos de nuevo hacia el tanatorio, pues el funeral se celebraría en la misma capilla del complejo funerario, sita en la ampliación del vestíbulo del edificio y evidentemente concebida por el mismo arquitecto que diseñó el adyacente horror mortuorio, con la misma composición de mármoles y adornada con profusión de idénticas flores de plástico polvorientas idénticas a las que componían el arreglo que habíamos visto en el vestíbulo el día anterior. El altar, por supuesto, también era de mármol valenciano, de un blanco refulgente, y estaba presidido por un crucifijo de hierro forjado neocubista de lo más setentón. En definitiva, por mucho que se diga que la estética es una cuestión subjetiva y que lo que es bello para algunos puede no serlo para otros, la fealdad de aquella capilla era incuestionable. Y aplastante, pues transmitía una extraña sensación de agobio, de opresión. Parecía que hubiera fuerzas hostiles e incorpóreas ejerciendo presión desde aquel recinto presuntamente sagrado.
La ceremonia transcurrió como suelen suceder las ceremonias de este tipo, una misa católica con sus repetidas letanías parecidas a las que yo recitaba en la infancia, pero renovadas. El Padrenuestro, por ejemplo, ya no era el mismo que yo aprendí, ni tampoco el Credo. Como el cura no había conocido a mi madre y por lo tanto no pudo hacer un panegírico de la finada, en vez de ello se fue perdiendo en tópicos y lugares comunes sobre la vida que les espera a los justos en el Reino de los Cielos y a la derecha del Padre. Hubiera podido resultar solemne de no haber sido tan amanerado, porque aquel cura tenía una pluma tremenda y, en cuanto empezó a hablar, Gabi, Jaume y Manolo, desde la tercera fila, no dejaron de dirigir miraditas y gestos cómplices hacia mí, que estaba en la primera intentando esquivarlas o no darme por enterada, pues me daba cuenta de que si mi padre sorprendía alguno de aquellos gestos se iba a enfadar de veras. La media hora de ceremonia se me hizo eterna, pero de alguna manera me encontré con que habíamos llegado al final sin advertirlo. Entonces llegaron unos señores vestidos de traje negro y corbata y se llevaron el féretro, que había permanecido allí, todo el rato, frente al altar, cubierto de una corona de flores blancas. Y naturales, gracias a dios.
Intenté avanzar como pude por el pasillo central hacia la salida, tarea harto difícil porque a cada metro me interceptaba una prima, una tía lejana, una vieja amiga de mi madre que me había oído en la radio o que había leído mi libro y que ardía en deseos de contarme qué gran mujer había sido mi progenitura o qué mona era yo de pequeña cuando ceceaba y llevaba coletitas. Se colgaban de mí como niños mendigos que abordaran a un turista en una capital árabe, reclamando mi atención y mis palabras como si yo fuera una celebridad, lo cual probablemente sí era, a sus ojos. Yo buscaba a tu padre con los míos, pero tu padre no estaba. Ni siquiera había asistido a la ceremonia, había permanecido todo el tiempo fuera de la capilla con la excusa de que debía atenderte a ti y enmascarando así la verdadera razón de su ausencia: que detesta las iglesias y los ritos. Por fin llegué a la entrada del recinto y alcancé a ver a lo lejos a la comitiva que se disponía a dirigirse al cementerio, situado a un tiro de piedra del tanatorio. En ese momento, mi hermano Vicente empezó a gritarme desde la distancia:
– ¡Eva, por el amor de Dios! ¡Que llegamos tarde!
Le hice gestos para indicarle que estaba con Gabi, Jaume y Manolo, y que les seguiría por mi cuenta en cuanto pudiera reunirme con tu padre y contigo. Y cuando por fin os tuve a todos a mi lado, nos dirigimos al cementerio.
En la puerta del camposanto los cipreses, caldeados por el sol, despedían una especie de aliento fúnebre, como un perfume denso, oscuro y profundo. Mi hermano nos esperaba echando llamas por los ojos. Avanzó hacia mí dando zancadas, me agarró del brazo con violencia y me apartó del grupo como si fuera un policía.
– ¿Qué hacen ésos aquí?
– Pues vienen con…
– Ésos no pueden entrar porque no son de la familia y ésta es una ceremonia íntima, ¿me has entendido? Ya les estás diciendo que se vayan por donde han venido, ¡que eres gilipollas!
Y acto seguido, se dio la vuelta y se internó por un camino que serpenteaba, entre las tumbas, hacia el panteón familiar, sin permitirme réplica ni explicación, dejándome tirada en la puerta del cementerio con la palabra en la boca y lágrimas en los ojos.