– Mira, Eva, a nadie se le puede definir en blanco y negro, ya lo he dicho, siempre hay infinitos matices de gris. Ni tu hermano es un ogro ni tú eres una mártir, sólo que a veces os da por interpretar esos papeles. Pero tú sólo serás la mártir si a ti te da la gana, porque él únicamente te puede hacer daño en la medida que tú le dejes, ¿no lo entiendes? Si dejas que esto te afecte, te dolerá. Pero si no le das importancia, le quitarás todo el poder sobre ti. Además, ya sabes que en todas las familias siempre acaba habiendo broncas en los momentos de más estrés.
– Por eso dice tan sabiamente el dicho alicantino: «Familia y trastos viejos, pocos y lejos» -apuntó Gabi.
– Oye… ¿tú crees que el rumano éste se ha enterado de la movida? Como no habla patata de español… -Manolo intentando cambiar de tema.
– No estoy tan segura, a veces no sé si de verdad no se entera o si finge no enterarse -dije yo.
– ¿Y a ti eso no te importa? -preguntó Manolo.
– Pues no me debe de importar, supongo.
– Pero, ¿tú estás enamorada de este chico?
Éste era Jaume.
– Es el padre de mi hija. Lo de estar enamorado no es más que una ilusión pequeñoburguesa.
– Anda, vamos a dar un paseo -Gabi terminó la conversación porque sabía bien que a mí no me apetecía dar más explicaciones-, y a picar algo.
Y al fin y al cabo, qué es el amor sino una invención. No, no hablo del amor que siento por ti, ni del que sentía por mi madre, un sentimiento que se va construyendo poco a poco, contradictorio pero firme porque se asienta sobre unos cimientos muy profundos, sino de ése que causa vértigos, euforia, mareos, falta de apetito y una total necesidad de otra persona, algo así, por ejemplo, como lo que sentí yo en su día por el FMN y que era, entonces sí, una ilusión, un producto de la química cerebral y de la oxitocina, pero también de mi propia imaginación, de la que brotó un amor inventado por el que me dejé llevar, que inhalé en una respiración ansiosa y que retuve, porque pensaba que ese arrebato romántico significaba el preludio de un cambio en el que el FMN tomaría las riendas de mi destino y lo encaminaría por derroteros mucho más plenos e interesantes que los que hasta entonces hubiera conocido; la misma imaginación que proyectó, como si de una pantalla en blanco se tratase, todas mis carencias, mis frustraciones y mis necesidades por resolver y que se fueron a aplicar como un barniz sobre el objeto de mis ilusiones, ocultándome por entero al hombre que había debajo al confundirse con él, como dos figuras superpuestas que no formaran más que una. Ya lo dijo mi admirada Virginia, esa mujer capaz de consignar en sus cartas el restablecimiento de la salud de un hermano que ya había muerto: