Me describían punto por punto: por entonces me odiaba y me acometían cada dos por tres todo tipo de tentaciones suicidas pensando que mi vida no servía para nada, ni para mí ni para nadie que me rodeara; se me ponía el corazón en la boca cada vez que campanilleaba el timbre del teléfono más allá de las diez de la noche, no te quiero describir ya si lo que sonaba era el pitido del telefonillo del portal; lloraba por cualquier cosa: si se retrasaba un autobús, si tenía que corregir un texto o si se me quemaba el cazo de la leche; no podía ir en metro porque de repente me asaltaba una claustrofobia aguda que me impedía respirar, como si se me hubiesen bloqueado de pronto las vías respiratorias, además me perdía siempre en los pasillos y al final no acertaba a recordar ni adónde quería ir ni de dónde venía (el viaje a Cuatro Vientos constituyó una afortunada excepción); me había quedado sin amigos porque no quería hablar con aquellos empeñados en decir que pobrecito él y que había que ver lo mal que le había tratado yo, así que había dejado de llamar a muchos de ellos, cuando no de devolverles el saludo, con lo cual me gané una fama de borde y maleducada que no te quiero ni contar, fama merecida, porque de repente me dominaban unos accesos de rabia injustificada y lo pagaba a gritos con cualquiera: amigos, perro, portero o señor que me empujaba en el autobús. Y es que yo respondía a mis sentimientos más profundos de odio hacia mí misma, pues me sentía responsable de todo lo que me había pasado y me estaba pasando, volcando ese odio al exterior y traduciéndolo en agresividad, y pasaba por encima de los demás como una apisonadora para luego volver a odiarme por ello, en un círculo vicioso del que no conseguía salir; me sentía incapaz de volver a querer a nadie y, si por casualidad me liaba con alguien, dejaba siempre muy claro que lo nuestro no podía ir más allá de una noche o simplemente boicoteaba la relación poniéndome insoportable; pensaba que todo lo que me pasaba había sido mi culpa, que yo no era una persona a la que alguien pudiera querer, que estaba loca, que no tenía ni puñetera idea de escribir y que lo mejor era que no volviera a hacerlo, y que estaba gordísima. Y lo estaba: había engordado siete kilos en cuatro años a base de intentar calmar la ansiedad con atracones de chocolate, y me daba asco verme en el espejo. Y a todo eso se añadía un problema más: bebía como una cosaca.

El hombre al que una brújula eliminó de mi paisaje bebía mucho, lo que se dice mucho, salía todas las noches y se ventilaba un mínimo de tres o cuatro copas. Pero también bebía de día: las cañas del tapeo, los güisquis para la sobremesa y los carajillos de media tarde. El caso es que a base de seguirle el ritmo yo misma me había convertido, si no en una alcohólica anónima, sí en una borracha conocida, conocida en todos los bares de Malasaña y Lavapiés.

Pero no todo era negro en mi vida. Había perdido un montón de amigos, cierto, pero también conservaba muchos que habían demostrado una lealtad inquebrantable y que me habían aguantado en los peores momentos, cuando gritaba a la menor nimiedad o me ponía a llorar porque se me derramaba la taza de té; estaba redonda, pero no obesa, seguía teniendo una cara bonita y, desde luego, no me costaba ligar; había escrito un libro del que me avergonzaba, pero al menos había conseguido publicarlo; me había quedado sin novio, pero había ganado en tranquilidad; tenía casa propia (o que llegaría a serlo algún día, porque en realidad la casa era del banco), un perro al que adoraba, varios trabajos (por más que malpagados) y, sobre todo, tenía ganas de vivir, no demasiadas ni exultantes, pero desde luego muchas más de las que tuviera antes, pues por cada pensamiento suicida que surgía dentro de mí había dos momentos en los que pensaba: «Esto se puede arreglar, las cosas se pueden arreglar, todo puede ir a mejor.» Porque como te he escrito antes no disponemos de más armas que la razón para combatir los sentimientos.

<p>10 de octubre.</p>
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