Mucho tiempo después, ya con mi escepticismo digerido, estuve buscando a la bruja por activa y por pasiva. Pregunté entre los que asistieron a la fiesta a ver quién podía conocerla o darme rastro de su paradero, pero nadie recordaba a aquella chica rubia ni sabía quién pudo haberla llevado a la casa. La adivina se presentó y se marchó como el mismo azar, con todas sus fuerzas invencibles y sus constelaciones desatadas. Llegó y se fue tan inesperadamente como el mismo destino que anunciaba, esa ley misteriosa que un día se encarna y se hace realidad. Tan inasible y extraña como el azar y el destino, desapareció como si se la hubiese tragado la tierra y probablemente, quién sabe, hoy esté haciéndole compañía en algún universo paralelo al tipo aquel que me regaló la brújula.

<p>11 de octubre.</p>

No tienes gripe, ni faringitis, ni fiebre, ni nada. Te quejabas de puro vicio.

No sé dónde leí que existen dos tipos de madres: las que están hechas polvo y son conscientes de ello y las que lo están pero no lo saben. Ayer el médico le dio un nombre técnico a mi nube negra: «faringitis viral aguda». Te aseguro que en el camino de vuelta de la consulta tenía un ataque de depresión muy serio y no hacía más que pensar en todas las fiestas a las que ya no podría ir, todos los hombres a los que no podría seducir, todos los países a los que no viajaría… De ahí a decidir que soy un fracaso como amante, como madre y como escritora, sólo hay un paso. Intenté con todas mis fuerzas repetirme el mantra que suele funcionar en estos casos: «Concéntrate en lo que tienes y nunca en lo que no tienes.» Pero cuando lo que tienes es fiebre, dolor en las articulaciones, la nariz congestionada por un aluvión de mocos, una especie de nudo de alambre de espino en la garganta y una sensación rara en el estómago, como si te hubieras tragado una docena de sapos, casi es mejor pensar en lo que no tienes. Sí, podría haberme concentrado en lo que tengo: una niña muy guapa, muy sana y que sabe sonreír por mucho que la ciencia médica se empeñe en afirmar que no puede, pero, como de mayor descubrirás, tu madre es un poco tendente a anegarse en un pozo de autocompasión a la mínima, sobre todo cuando está cansada o enferma. En eso es muy masculina.

Ya te he dicho que la bruja que luego se esfumó acertó en sus predicciones, pero ahora voy a explicarte cómo se cumplieron una a una:

Respecto a lo que dijo de unas reformas en mi casa, resulta que durante casi dos semanas el cielo de Madrid estuvo llorando agua en cataratas con sincrónicos susurros cantarinos, y al cabo la lluvia se filtró desde el suelo de la terraza hasta el techo del vecino, que acabó decorado con una extensísima mancha de humedad. Hubo que levantar el suelo para cambiar las prehistóricas y picadísimas tuberías de plomo, y la rehabilitación, que en principio tenía que durar dos semanas, se alargaba y se alargaba como casi todas las reformas, por razones de todos los colores, y aquello amenazaba con durar más que las obras de El Escorial.

La historia del juicio es larga y merecería por sí misma una novela, o al menos daría para una en lo que a extensión e intriga se refiere y no sé cómo me las voy a arreglar para resumírtela en unas pocas páginas. Pero, en fin, ahí va:

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