Estábamos en que yo me acababa de separar del presunto maltratador psicológico, y más o menos por ese tiempo Enganchadas estaba recién publicada y aún no había agotado su primera edición, es más, nadie sospechaba siquiera que tamaña hazaña pudiera lograrse, algo que se consiguió mucho más tarde, al menos un año y medio después, cuando yo ya estaba embarazada de ti. Pues en ese tiempo aún anónimo y libre me llamó David Muñoz. Pero antes tal vez deba explicarte qué había sido de él: dejó colgada la carrera de Empresariales en tercero tras suspender cinco asignaturas de seis (creo que el único aprobado se debió a que un profesor se colgó tanto de él como José Merlo en su día) y estaba hecho un lío con su vida, sin saber por dónde tirar, así que para sacarse unas pelas se apuntó a una agencia de figuración, de esas que contratan público para los programas de televisión, y acabó saliendo en «La Quinta Marcha» haciendo el mono detrás de Penélope Cruz. Pues bien, como estaba tan bueno, el director del programa (víctima fulminante de idéntico flechazo al que sufrieran en su día José Merlo y el profesor de Dirección Financiera) se fijó en él, le dio un papelillo en la serie juvenil «Al salir de clase» y, encantado con la fotogenia y naturalidad del chaval, le recomendó que hiciera un curso en la escuela de interpretación de Cristina Rota. El caso es que pese a que la argentina le dijera en su día que ni tenía madera de actor ni la tendría nunca, el chico había acabado haciendo carrera en la tele, y para cuando me llamó llevaba ya dos años trabajando en «Los Arenales», una serie de televisión que giraba alrededor de los sosos y predecibles avatares de una familia feliz y bien avenida que vivía en un chalet que para sí lo quisiera un ministro y cuyos integrantes se pasaban el día en la cocina, más que nada para que pudiesen verse bien los tetrabrik de leche, los paquetes de cereales y los botes de cacao en polvo de las marcas de alimentación que patrocinaban aquella serie blanca y familiar dirigida a todos los públicos e inventada y gestionada por una productora muy conservadora. Se suponía que todos los actores protagonistas tenían que ofrecer una imagen irreprochable, pero muy en particular David, quien, a pesar de tener los treinta más que cumplidos, interpretaba el papel del hijo veinteañero, gracias al cual había conseguido un éxito arrasador y un más que nutrido club de fans. Su fama llegó a tal punto que acabó convirtiéndose en la estrella del culebrón y en el actor mejor pagado del elenco. Tanto la productora como su representante le habían dejado muy claro a la firma de la renovación del contrato que esperaban de él que se mantuviera a la altura de la filosofía familiar del programa y que no diera escándalos de ningún tipo.

Pues el escándalo lo dio, y mayúsculo, cuando su foto apareció en la portada de la revista Cita. Mejor dicho, más bien en una esquina, puesto que la portada lo ocupa cada semana, desde su primer número, la foto de una chica estupenda ligerita de ropa (generalmente aspirante a actriz o concursante de algún programa de telerrealidad) que promete un desnudo de la susodicha starlette en páginas interiores. Pues bien, en esa esquina en cuestión había una foto de mi ex compañero de clase bajo un titular que decía: «David Muñoz, ¡enganchado!»

Lo peor de todo es que en la foto David no estaba solo.

<p>12 de octubre.</p>
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