Ayer noche salí con Sonia, Sonia la actriz (ya sabes: no hay que confundirla con las otras Sonias), que me invitó al estreno de una obra de teatro. Me resultaba un poco extraño encontrarme allí, como una cucaracha en un plato de nata, entre todas las actrices, modelos, cantantes y artisteo en general que lucían sus mejores y más ajustadas galas para la ocasión mientras que yo iba vestida con uno de los tres únicos pantalones que ahora me caben y con una pinta de trapera que haría que, en comparación, cualquier mendigo colgado de su tetrabrik de Don Simón resultara un prodigio de distinción. Normalmente me preocupa un pimiento mi aspecto y ya tengo muy asumido que entre los muchos o pocos dones que se me concedieron al nacer no figuraba el de la elegancia, pero no es lo mismo llevar unas pintas horribles cuando eres una simple chica gordita pero todavía con un pasar que cuando eres una matrona recién parida con unas ubres que te caen hasta la cintura y unas caderas anchas como el olvido. Le pregunté de nuevo a Sonia, que ya ha tenido un hijo pero sigue teniendo un tipo estupendo:

– Sonia, ¿después de haber parido, cuánto se tarda en recuperar el cuerpo que una tenía?

– Ya te lo dije, pesada: nunca.

– Pero tú sí que lo has recuperado -miento piadosamente, porque lo cierto es que Sonia es una Sonia menos juncal de lo que era, pero también es cierto que la diferencia no le resta atractivo.

– Pues entonces échale un año.

– ¿Un añooooo? ¡Pero yo no me puedo tirar así un año! Me da algo…

– Bueno, nena, si haces mucho ejercicio y una dieta equilibrada, puedes reducirlo a… once meses.

Nos sentaron a una mesa al lado de un actor que me solía gustar muchísimo por la época en la que aún suspiraba por José Merlo. Yo daba por hecho que él nada podía interesarme, en primer lugar porque su juventud, como la mía, ya se ha esfumado, pues si tenemos en cuenta que su juventud era menos juventud que la mía -o sea, que me saca unos años-, el señor ya está a punto de dejar de ser un apetecible cuarentón para pasar a ser un cincuentón venerable, y a mí nunca me han gustado los hombres maduros, y en segundo lugar porque no me gustan los actores por mucho que pueda llegar a admirarlos: demasiado egocéntricos y neuróticos para mi gusto. (Y para muestra un botón: David Muñoz.) Pero resultó que este señor no era de los que empiezan todas sus frases con el inevitable yo y, para colmo, se hallaba sorprendentemente bien conservado para su edad, por lo que me estaba poniendo tan nerviosa tenerle cerca que me metí tres copas de champán entre pecho y espalda. Craso error, porque después de casi diez meses sin beber me sentaron como un tiro y ya se sabe que el alcohol agudiza los sentimientos, así que al rato ya estaba yo hundiéndome otra vez en la fosa de la depresión y pensando que años atrás hubiera podido al menos intentar seducir a este señor y a cualquier otro (conste que escribo intentarlo, no conseguirlo), mientras que ahora cualquier intento estaría condenado al ridículo más espantoso porque ¿qué galán maduro iba a fijar sus ojos en la réplica femenina del muñeco Michelin?

Bajé de un taxi frente al portal a las tres de la mañana, no borracha perdida pero sí un poco tambaleante, saludé a Supernegro y me dispuse a intentar que encajase la llave en la cerradura, tarea harto difícil dado mi cansancio y mi ligera intoxicación etílica. En ese momento escuché la voz de Supernegro.

– ¿Sabes lo que dicen en mi tierra en estos casos?

– No, ¿qué dicen? -respondo, pensando que va a hacer algún tipo de chiste sexual sobre llaves grandes que no encajan en cerraduras estrechas.

– Pues dicen: «Mujer parida, en casa y tendida.»

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