Cuando llego a nuestro cuarto te encuentro dormida de lo más plácidamente al lado de tu padre, que ni se entera de que he vuelto. No así tú, que te pones a gimotear en cuanto percibes mi presencia. Descubro entonces que tu indiferente o agotado progenitor no ha advertido que te has hecho una caca enorme y que te molesta el pañal, así que me dispongo a cambiarte. Pero entonces se me viene a la cabeza una escena del libro
Paz llamó a declarar a Consuelo, que estuvo allí aquella noche, y que podría explicar todo el malentendido. Cuando, antes de tomar su declaración, la jueza le preguntó si mantenía alguna amistad o enemistad manifiesta con alguna de las partes, Consuelo se quedó mirando a la letrada con los ojos muy abiertos como si no supiera qué responder.
– Ehmm, yo es que soy amiga de Eva, por eso lo puedo contar todo, porque estaba allí…
El abogado de
Después llamó a declarar a un tipo al que yo no había visto en la vida y que afirmó trabajar de camarero en Pachá. El abogado le preguntó si me reconocía. El chico me miró y afirmó tranquilamente que sí, aunque a mí ni siquiera me sonaba su cara. Después dijo que estaba en Pachá la noche del día tal y que recordaba perfectamente cómo yo había desaparecido abrazada al «señor Muñoz» (al que había reconocido perfectamente, aseguró, no sólo porque salía en la tele sino por ser un habitual del local) por la puerta de acceso a los cuartos de baño.
Cuando le tocó el turno a Paz ella le preguntó: primero, si aquella noche había mucha gente en el local; segundo, si él había estado todo el tiempo en la barra atendiendo a clientes; y tercero, y una vez hubo contestado afirmativamente a las dos primeras preguntas, cómo, al estar trabajando en la barra y entre el trajín que supone estar yendo y viniendo para buscar botellas, coger hielo, servir vasos, dar el cambio, etc., había podido apreciar tan claramente las evoluciones del señor Muñoz y su representada. Aquí, el camarero se quedó blanco, apretó los labios, como si le hubieran pegado una bofetada, y cuando recuperó el color y el habla, afirmó con rotundidad que los (nos) había visto, y punto.
Después, el abogado de la parte contraria (esto es, uno de los abogados de
Paz me dirigió una mirada en la que creí leer un «¿De qué están hablando?», a lo que respondí con un encogimiento de hombros que quería decir: «Ni idea.»
– Señoría -interpeló Paz con un aplomo digno de Perry Mason-, solicito que se me permita ver dicho informe.
Ajaeza jueza asintió con un leve movimiento de cabeza.
20 de octubre.
Copio literalmente una de las preguntas del test «¿Qué tipo de madre eres?» publicado en
«Estás sentada completamente exhausta en la cocina tomándote un pequeño descanso y un café. ¿ Qué se te pasa por la cabeza en un momento así?
»a) Me compensa, porque así mi familia es feliz.
»b) Y ahora me tocará planchar y también debería limpiar los cristales. Están fatal.
»c) ¡Sería fenomenal estar sentada ahora en una terraza en Roma!
»d) Sólo cinco minutos de tregua y luego seguiré.»
Me entran ganas de enviar una carta a la redacción de Padres.
«Estimado equipo de Padres: