Pues bien, ese señor era el fiscal. Y en España, le corresponde al Ministerio Fiscal promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la ley, de oficio o a petición de los interesados, así como velar por la independencia de los tribunales, y procurar ante éstos la satisfacción del interés social. Esto es, que lo que aquel señor acababa de hacer era expresar su opinión, teóricamente independiente, sobre lo que había visto en el juicio, opinión que la señora jueza estaba obligada a tener en cuenta.

<p>21 de octubre.</p>

Tu tía Sonia (Sonia la guionista, también conocida como «Suicide Sonia» debido a su conducción temeraria y a su manifiesta inclinación a manejar el vehículo en estado leve – y a veces no tan leve- de intoxicación etílica; nada que ver con mi antigua compañera de clase, Sonia la fotógrafa, también conocida como «Slender Sonia» por lo delgadísima que está, ni con Sonia la actriz, o «Sweet Sonia», llamada así por lo cariñosa que es, ni con Sonia la DJ, también conocida por «Senseless Sonia» por su afición a los éxtasis…) subió a casa a hacerte una visita vestida de espía francesa de la Resistencia, con una falda de tubo, unas medias de rejilla, una gabardina cruzada y una boina que quedaría muy garrula sobre la cabeza de Marianico el Corto, pero que sobre sus rizos rubios resultaba un prodigio de glamour.

– ¿Sabes lo que me ha dicho el negro de abajo? -obvia decir que Supernegro la conoce, la ha visto entrar y salir de casa, conmigo y sin mí, infinidad de veces-. Me ha dicho: «Qué bien te sienta el bonnet.» No ha dicho boina, sino bonnet. Es cultísimo, ese señor…

La sentencia del juicio llegó dos meses después, y venía a decir lo que ya nos esperábamos, que -siempre según su texto- Cita no era culpable de nada, pues la jueza estimaba que «su actuación no había supuesto una intromisión en el derecho fundamental al honor, a la intimidad personal y a la propia imagen de la demandante» (cito textualmente) ya que había sido «lo suficientemente diligente en la recapitulación de datos como para ser amparada por la libertad de información».

La propia Paz cogió un avión y se presentó en Madrid para comunicarme personalmente la noticia.

– En cristiano, lo que viene a decir esta sentencia es que la supuesta diligencia a la hora de contrastar la noticia ampara su publicación, incluso aunque la noticia resulte ser falsa. Alucinante. Y tal diligencia consiste en que tienen a un fotógrafo sacando fotos y a una periodista que luego escribe un texto malintencionado, pero que, eso sí, es tan lista como para que no se olvidara nunca de añadir «probable» o «aparente» en las frases en las que sabía que estaba mintiendo. Así se curaba en salud, porque no se la puede acusar ya que ellos pueden decir que nunca han afirmado nada categóricamente. Sin embargo, lo único que su redacción me prueba a mí es que llevan tantos años jugando a hacer esta basura que ya han aprendido a bordear peligrosamente el límite de lo legal sin cruzarlo nunca del todo. -Suspiró aparatosamente y hundió la cabeza entre las manos-. No, si es que yo cuelgo la toga…

– Paz, por favor, no te pongas así… No va a acabar la abogada más deprimida que la cliente.

– No es por ti, es que estoy harta de ver este tipo de cosas. Hace poco tuvimos un caso de un chico que se había matado en una obra. Ni llevaba casco, ni el arnés reglamentario ni nada… La obra incumplía las más elementales normas de seguridad. Pues al final el juez concluyó que el chico se había matado por su culpa, porque él no se quiso poner el casco. Increíble. Pero claro, la empresa constructora tenía un capital social de miles de millones y ahí estaban untados todos. Estoy harta de ver casos de este tipo…

– Pero aquí no se ha muerto nadie, Paz… No es lo mismo.

– ¿Tú te fijaste en el alegato del fiscal?

– Pues claro. ¡Si casi me pongo a llorar allí mismo!

– Ya, pero tú no caíste en la cuenta de dos cosas. Primero, se supone que durante la vista el Ministerio Fiscal debe tomar notas, y él no tomó ninguna. Y segundo, cuando leyó sus conclusiones estaba repitiendo, punto por punto, la contestación que Cita presentó a nuestra demanda.

– ¿Y…?

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