En un momento así, una noche de abril, poco después de habernos despedido de Yevtujóvich, se oyó el chirriar de la cerradura. Se nos encogió el corazón: ¿a quién se llevarían? Nos preparamos para oír el siseo del vigilante: «¡La "ese"!», «¡La "zeta"!». Pero no dijo nada y la puerta se cerró de nuevo. Levantamos la cabeza. Junto a la puerta, de pie, había un nuevo preso: flaco, joven, sencillo, con un traje azul y una gorra también azul. No llevaba objeto alguno. Miraba desconcertado a su alrededor.
—¿Qué número tiene esta celda? —preguntó alarmado.
—La cincuenta y tres.
El se estremeció.
—¿De la calle? —le preguntamos.
—No-o... —meneó la cabeza con expresión de dolor.
—¿Cuándo te arrestaron?
—Ayer por la mañana.
Nos echamos a reír. Tenía un rostro muy dulce e ingenuo, las cejas casi blancas.
—¿Y por qué?
(Es una pregunta desleal, a la que no cabe esperar respuesta.)
—No sé... Por nada, por una tontería...
Es lo que responden todos, todos están presos por bagatelas. Sobre todo le parecen tonterías al propio procesado.
—Bueno, ¿pero qué exactamente?
—Yo... es que escribí una proclama. Al pueblo ruso.
—¿¿¿Cómo??? (Nunca habíamos oído hablar de «tonterías» como aquélla.)
—¿Me van a fusilar? —se alargó su cara. Palpaba la visera de la gorra, que aún no se había quitado.
—Seguramente no —lo tranquilizamos—. Ahora no fusilan a nadie. Diez años, seguro.
—¿Es usted obrero? ¿Funcionario? —preguntó el social-demócrata, fiel a sus principios de clase.
—Obrero.
Fastenko le tendió la mano y exclamó triunfante, dirigiéndose a mí:
—Ahí lo tiene, Alexandr Isáyevich, ¡cómo están los ánimos entre la clase obrera!
Y se dio la vuelta para dormir, convencido de que ya estaba dicho todo y de que no hacía falta escuchar más.
Pero se equivocaba.
—¿Y cómo se le ocurrió eso de la proclama? ¿Así por las buenas? ¿En nombre de quién?
—En el mío propio.
—¿Pero quién es usted?
El nuevo sonrió compungido:
—El emperador Mijaíl.
Fue como si nos hubiera dado una descarga. Nos incorporamos en las camas para fijarnos en él. No, su cara era tímida y propia del pueblo llano. No tenía ningún parecido con la de Mijaíl Románov. Además, la edad...
Nos dormimos saboreando por anticipado las dos horas de mañana antes del rancho, dos horas que no iban a ser nada aburridas.
Trajeron la cama y la ropa para el emperador y éste se acostó silencioso al lado de la cubeta.
* * *
En 1916, en casa de Belov, un maquinista de tren de Moscú, entró un corpulento anciano desconocido, con una barba rubia y anunció a la piadosa esposa del maquinista: «¡Pelagueya! Tienes un hijo de un año. Cuídalo para el Señor. Cuando sea la hora, volveré». Y se marchó.
Pelagueya no sabía quién era aquel anciano, pero sus palabras habían sido tan precisas y duras que subyugaron su corazón de madre. Y empezó a cuidar al hijo como a la niña de sus ojos. Víktor crecía callado, obediente, piadoso, y a menudo tenía visiones de los ángeles y de la Virgen. Después, con menos frecuencia. El anciano no apareció más. Víktor estudió para chófer y en 1936 fue llamado a filas y destinado a Birobidzhán con una compañía motorizada. No era muy desenvuelto, pero quizás esa modestia y dulzura, impropia de los chóferes, enamoraron a una voluntaria civil e hicieron sombra a su jefe de sección, que intentaba conquistar a la moza. Por aquellas fechas vino de maniobras el mariscal Blücher, y una vez allí su chófer penonal cayó gravemente enfermo. Blücher ordenó al jefe de la compañía motorizada que le enviara a su mejor chófer, y éste mandó llamar al jefe de la sección, quien inmediatamente vio la ocasión de sacarse de encima a su rival Belov enviándolo al mariscal (en el Ejército es frecuente: no se promociona al que lo merece, sino a aquel de quien conviene librarse).
Belov fue del agrado de Blücher y se lo quedó. Al poco tiempo al mariscal lo llamaron a Moscú con un pretexto plausible (antes de arrestarlo había que alejar a Blücher del Extremo Oriente, donde tenía personas fieles) y se llevó consigo a su nuevo chófer. Al quedarse sin valedor, Belov fue a parar al garaje del Kremlin y estuvo haciéndole de chófer a Mijaílov (el del Komsomol), a Lozovski, a algunos otros y, finalmente, a Jruschov. Belov tuvo ocasión de ver (y después de contarnos a nosotros) sus festines, costumbres y precauciones. Como representante de la masa proletaria de Moscú, asistió al proceso de Bujarin en la Casa de los Sindicatos.* De todos sus amos, sólo de Jruschov hablaba con cariño: su casa era la única en la que sentaban al chófer a la misma mesa que toda la familia, no aparte, en la cocina; sólo en su casa, en aquellos años, se había conservado una sencillez obrera. El jovial Jruschov también se encariñó con Víktor Alekséyevich, y cuando se trasladó a Ucrania en 1938 insistió varias veces para que le acompañara. «¡Ojalá hubiera seguido con Jruschov!», decía Víktor Alekséyevich. Pero algo lo retuvo en Moscú.