Al anochecer dispararon otra salva de treinta cañonazos. Ya no quedaban capitales por tomar. Y aquella noche dispararon otra salva más —creo que de cuarenta disparos—, que era el final de todos los finales.
Por encima del bozal de nuestra ventana, de las demás celdas de la Lubianka, y de todas las ventanas de todas las cárceles de Moscú, también nosotros —antiguos prisioneros de guerra y ex combatientes en el frente— contemplábamos el cielo de Moscú, engalanado por los fuegos artificiales y sesgado por los reflectores.
Borís Gammercv, un joven artillero de una sección antitanques, licenciado por invalidez (una herida incurable de pulmón) y más tarde encerrado con un grupo de estudiantes, se hallaba aquella noche en una celda multitudinaria de Butyrki donde había tantos prisioneros de guerra como simples ex combatientes. Esta última salva fue descrita por él en ocho parcos versos, una octava de lo más sencillo: cómo se acostaron en los catres y se taparon con los capotes; cómo los despertó el ruido y levantaron la cabeza entornando los ojos hacia el bozal; ¡ah, es una salva! y se acostaron otra vez.
Y volvieron a cubrirse con sus capotes
Aquellos capotes con barro de las trincheras, con ceniza de las hogueras, con jirones hechos por los proyectiles alemanes.
No era para nosotros aquella Victoria. No era para nosotros aquella primavera.
6. Aquella primavera
En junio de 1945, cada mañana y cada tarde, llegaba el sonido de los bronces hasta las ventanas de la cárcel de Butyrki; las orquestas no podían estar muy lejos de allí, por la calle Lesnáya o Novoslobódskaya.
Nos poníamos de pie ante las ventanas de la prisión, abiertas de par en par —aunque por ellas no pasaba ni un soplo de aire—, tras los verduzcos bozales de cristal armado y escuchábamos. ¿Eran unidades militares las que desfilaban? ¿O eran obreros que dedicaban gustosos sus horas de ocio a marcar el paso? No lo sabíamos, pero había rumores, que habían llegado incluso hasta nosotros, acerca de que se preparaba un gran desfile de la Victoria en la Plaza Roja. Tendría lugar un domingo de junio [150]coincidiendo con el cuarto aniversario del comienzo de la guerra.
Las piedras que forman los cimientos han sido puestas para crujir y hundirse en el suelo, no son ellas las que deben coronar el edificio. Pero hasta el honor de yacer en los cimientos les fue denegado a los que, abandonados insensatamente, habían sido sacrificados para recibir, en la frente y en las costillas, los primeros golpes de esta guerra e impedir la victoria al enemigo.
¿Qué son para el traidor los sones de la dicha?... [151]
En nuestras prisiones, la primavera de 1945 fue ante todo la primavera de los
No eran sólo prisioneros de guerra los que pasaban por aquellas celdas, discurría también el torrente de cuantos habían estado en Europa: emigrados de la guerra civil; los
Así pues, aquella primavera en que languidecíamos en la cárcel al son de las marchas de la Victoria fue la primavera expiatoria para los de mi generación.
Nosotros que, en vez de nanas, oímos en la cuna: «¡Todo el poder para los soviets!». Nosotros, que tendíamos nuestras bronceadas manitas infantiles hacia la trompeta de pioneros y al grito de: «¡Estad alerta!», saludábamos: «¡Siempre alerta!». Nosotros, que introducíamos armas en Buchenwald e ingresábamos en el partido ahí mismo, en el campo de concentración. Y ahora estábamos en la lista negra por el solo hecho de haber quedado con vida (a los supervivientes de Buchenwald los encarcelaban en nuestros campos