Cuando cortamos la Prusia Oriental del resto de Alemania pude ver columnas cabizbajas de prisioneros que regresaban —los únicos que estaban apenados cuando todo a su alrededor era regocijo— y ya entonces su tristeza me anonadó, aunque todavía no conocía sus causas. Yo me bajaba del vehículo y me acercaba a esas columnas formadas voluntariamente (¿para qué vais en columnas? ¿Por qué formáis en fila si nadie os obliga a ello? ¡Los prisioneros de todas las naciones volvían dispersos! Pero los nuestros querían que su llegada fuera lo más sumisa posible...). Llevaba yo a la sazón galones de capitán, pero a pesar de ellos y por más que yo me encontrara en su camino, me era imposible averiguar por qué marchaban tan apesumbrados. Pero el destino hizo que yo también siguiera su suerte y hube de caminar con ellos desde el contraespionaje del Ejército al del frente, donde escuché por vez primera sus relatos, todavía incomprensibles para mí. Después, Yuri Yev-tujóvich me haría una exposición completa, y más tarde, bajo las bóvedas de ladrillo rojo del castillo de Butyrki, habría de sentir aquella historia sobre varios millones de prisioneros rusos atravesada para siempre en mis entrañas, como un escarabajo prende de su alfiler. La propia historia de mi caída en la cárcel ahora me parecía fútil y dejé de llorar los galones arrancados. Si ahora no me encontraba donde todos los jóvenes de mi edad, ello se debía tan sólo al azar. Comprendí que mi deber era arrimar el hombro por una punta de su fardo común y acarrearlo hasta el fin de mis fuerzas, hasta que me aplastara. Ahora me sentía como si yo también hubiera caído prisionero con aquellos muchachos en el paso del Dniepr por Soloviovo, en la bolsa de Jarkov o en las canteras de Kerch; como si con las manos atrás, hubiera pasado con orgullo soviético tras las alambradas de los campos de concentración; como si hubiera esperado al gélido relente horas enteras un frío cucharón de
A veces queremos mentir, pero la lengua nos lo impide. A estos hombres los acusaron de traición, pero jueces instructores, fiscales y magistrados cometieron un apreciable error sintáctico que los propios acusados, los periódicos y el pueblo entero habrían de repetir y consolidar. Sin querer, estaban diciendo la verdad: pretendían condenarlos por traición A LA PATRIA, pero en ninguna parte se dijo ni escribió —ni siquiera en los documentos procesales— de otra manera que no fuera «traición DE LA patria».
¡Tú lo has dicho! No había sido traición a ella sino de ella con los suyos. No fueron ellos, desdichados, quienes cometieron traición, sino su calculadora Patria, y por si fuera poco, tres veces .
La primera vez los traicionó por incuria, en el campo de batalla, cuando nuestro Gobierno, predilecto de la patria, hizo cuanto estuvo en su mano para perder la guerra: desmanteló las líneas de fortificaciones, expuso la aviación al desastre, desmontó tanques y piezas de artillería, aniquiló a los generales competentes y prohibió a las tropas que resistieran. [154] 7Quienes cayeron prisioneros fueron precisamente los que habían parado el golpe con sus cuerpos y detuvieron a la Wehrmacht.
Por segunda vez, la patria los traicionó, por crueldad, al dejarlos morir en cautiverio.
Y ahora los traicionaba por tercera vez, por cinismo, engatusándolos con amor maternal («¡La Patria os ha perdonado! ¡La Patria os llama!») para echarles la soga al cuello en la misma frontera. [155] 8
¡Una gigantesca infamia contra millones de personas: traicionar a sus soldados y declararlos traidores!