No obstante, en 1945, en el centro meca de nuestra jurisdicción se les estaba acusando: de acciones tendentes a
Y todos estos puntos (1-2-4-13) del Artículo 58 pertenecían
aun Código Penal adoptado en... 1926, ¡seis o siete años
Mariushkin, al menos, se acordaba de todo perfectamente y nos contaba detalles de la evacuación de Novorossiisk. Borsch, en cambio, parecía haber vuelto a la infancia y balbuceaba ingenuamente que estaba observando la Pascua en la Lubianka: durante toda la semana de Ramos y Semana Santa se había comido sólo media ración de pan, acumulando la otra mitad y sustituyendo de forma gradual los trozos duros por pan fresco. Al terminar la Cuaresma había juntado siete raciones y estuvo dándose un festín los tres días de Pascua.
Que hoy día estuvieran instruyéndoles sumario y fueran a juzgarlos no demostraba que, efectivamente, hubieran sido culpables, ni siquiera en un pasado remoto. Eso no era más que una venganza del Gobierno soviético por haberse opuesto al comunismo hacía un cuarto de siglo, aunque desde entonces hubieran llevado una vida de proscritos, sin trabajo ni hogar.
De esas indefensas momias emigrantes se distinguía el coronel Konstantín Konstantínovich Yásevich. Para él, la lucha contra el bolchevismo no había terminado con la guerra civil. Con qué armas, dónde y de qué manera había luchado, eso jamás me lo contó. Sin embargo, creo que hasta dentro de la celda conservaba la sensación de estar aún en filas. Entre aquel embrollo de conceptos y puntos de vista difusos, zigzagueantes, que había en la mayoría de nosotros, saltaba a la vista que él sí tenía una opinión clara y precisa sobre cuanto le rodeaba y que esta nítida posición ante la vida era la que daba a su cuerpo una fortaleza, agilidad y actividad constantes. No tendría menos de sesenta años, la cabeza calva del todo, sin una pelusilla, ya había pasado por la instrucción (esperaba la sentencia, como todos nosotros) y, como es natural, no había recibido ayuda de nadie; no obstante conservaba una piel joven, incluso rosada, era el único de la celda que hacía gimnasia por las mañanas y se remojaba bajo el grifo (mientras nosotros ahorrábamos las calorías de la ración de pan). No dejaba escapar el momento en que quedaba libre el paso entre los catres y se ponía a recorrer esos cinco o seis metros una y otra vez marcando el paso, firme la silueta, los brazos cruzados sobre el pecho, mirando con sus ojos jóvenes y claros más allá de las paredes.
Todos nosotros seguíamos estupefactos por lo que nos había caído encima; para él, en cambio, todo cuanto había en derredor era tal como había esperado; en una celda como la nuestra tenía que sentirse solo a la fuerza.
Al cabo de un año tuve la posibilidad de apreciar su comportamiento en prisión: otra vez me hallaba en Butyrki, y en una de aquellas setenta celdas fui a parar con unos jóvenes que figuraban en el mismo sumario que Yásevich, con condenas de diez y de quince años. No sabría decir cómo habían llegado a sus manos, pero tenían escritas a máquina, en papel cebolla, las sentencias de todo su grupo. El primero de la lista era Yásevich, condenado a fusilamiento. ¡Eso era pues lo que veía, lo que vislumbraba más allá de las paredes, con esos ojos que aún no habían envejecido, en sus paseos de la mesa a la puerta y vuelta a empezar! Pero era imposible que pudiera retractarse: estaba convencido de que su vida había seguido la senda correcta y eso le confería una fuerza extraordinaria.