Aquella primavera creíamos en la amnistía, y no es que fuéramos originales. Al hablar con los viejos presidiarios, poco a poco vas averiguando que esta sed de gracia y esta fe en la clemencia jamás abandona los grises muros de las cárceles. Decenio tras decenio, los diferentes torrentes de arrestados siempre han esperado y siempre han creído ya fuera en una amnistía, en un nuevo código penal o en un sobreseimiento general de sentencias (y los Órganos siempre han avivado esos rumores con hábil cautela). Cualquier aniversario de Octubre que cayera en cifra redonda, el aniversario de Lenin, el día de la Victoria, el día del Ejército Rojo o la Comuna de París, cada nueva sesión del VTsIK, el fin de cada plan quinquenal, cada pleno del Tribunal Supremo: ¡cualquier efeméride alimentaba la ilusión de que iba a descender el ansiado ángel libertador! ¡Y cuanto más rudos fueran los presos, cuanto más homérico y frenético fuera el caudal de las riadas, tanta menos cordura mostraban y más fe tenían en la amnistía!

Todas las fuentes de luz pueden compararse con el sol en mayor o menor grado. Pero el sol no es comparable con nada. Así todas las esperas de este mundo pueden compararse a la espera de una amnistía, pero la espera de una amnistía no es comparable con nada.

En la primavera de 1945, a todos los que acababan de llegar a la celda lo primero que les preguntaban era si habían oído hablar de una amnistía. Y cuando se llevaban a dos o tres de la celda con los efectos,los peritos de la misma cotejaban de inmediato sus causas penales y concluían que eran de las más leves y que por lo tanto si los habían sacado era para soltarlos. ¡Así pues, había empezado! En los retretes y en el baño —verdaderas listas de correos para los presos— nuestros sabuesos buscaban señales o inscripciones sobre la amnistía. Y de pronto, en el célebre vestíbulo morado, a la salida de los baños de Butyrki, leímos a principios de julio una enorme profecía escrita con muescas de jabón sobre los azulejos liláceos, a una altura muy superior a la cabezade un hombre (se habían encaramado unos sobre otros para que se mantuviera más tiempo):

«¡¡¡Hurraü! ¡El 17 de julio, amnistía!». [164] 4

¡Qué alborozo hubo entre nosotros! («¡Si no lo supieran seguro, no lo habrían escrito!») Todo lo que palpitaba, todo lo que pulsaba y fluía por nuestro cuerpo, se detuvo ante ese latido de alegría, pronto se abriría la puerta y...

Mas la clemencia nace de la cordura.

A mediados de julio, el vigilante del pasillo envió a un anciano de nuestra celda a fregar el retrete, y allí, a solas (ante testigos no se hubiera atrevido), le preguntó mirando con compasión su cabeza cana: «¿Qué artículo te han echado, padre?». «¡El cincuenta y ocho!», se alegró el anciano, al que en casa lloraban tres generaciones. «Pues no te va a tocar...», suspiró el vigilante. «¡Tonterías!», decidieron en la celda. Lo que pasa es que el guardián ese no sabe leer.

En aquella celda había un preso natural de Kiev, Valentín (no recuerdo su apellido), de ojos grandes y hermosos, como de mujer, muy asustado por la instrucción del sumario. Sin lugar a dudas, tenía dotes de vidente, aunque quizá sólo fuera mientras se encontraba en ese estado de agitación. Más de una vez había recorrido la celda por la mañana señalando con el dedo: hoy te toca a ti y a ti, lo he visto en sueños. ¡Y se los llevaban! ¡Precisamente a ellos! Por lo demás, el alma del preso es tan propensa a la mística que acepta las profecías casi sin asombrarse.

El 27 de julio, Valentín se me acercó: «¡Aleksandr! Hoy nos toca a ti y a mí». Y me contó un sueño con todos los atributos de los sueños de los presos: un puentecillo sobre un turbio riachuelo, una cruz. Empecé a prepararme, y no fue en balde: después de repartir el agua caliente del desayuno nos llamaron a los dos. La celda nos despidió con ruidosas expresiones de buenos deseos, muchos aseguraban que salíamos a la calle (daba pie a ello la comparación de nuestras causas «leves»).

Uno se puede decir sinceramente que no lo cree, uno se puede prohibir a sí mismo dar crédito a algo así e incluso puede responder con burlas, pero unas tenazas candentes —no las hay más ardientes en la tierra— de pronto te oprimen el alma: ¿y si fuera verdad...?

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