¡Quién pudiera cobijarse en aquel sosiego! ¡Escuchar el canto puro y sonoro del gallo en el aire impoluto! ¡Acariciar el careto de un caballo, serio y bonachón! ¡Al diablo los grandes problemas, que contra vosotros se rompa la crisma otro más tonto que yo! Poder descansar de los insultos del juez, del fatigoso deshilvanar toda tu vida ante él, del estrépito de las cerraduras de la cárcel, del bochorno viciado de la celda. ¡Sólo se nos ha dado una vida, breve e insignificante! Y nosotros nos lanzamos criminalmente contra las ametralladoras, o la zambullimos, inmaculada como era, en el sucio basurero de la política. Creo que en el Altai habría vivido en la isba* más baja y oscura, a las afueras de una aldea, cerca del bosque. Y habría ido al bosque, no a por ramas secas o setas, sino porque sí, para abrazarme a un par de troncos y decirles: ¡Amados míos! ¡Ya no quiero nada más!

Aquella misma primavera invitaba a la clemencia: ¡Era la primavera del fin de una guerra tan enorme! Veíamos que nosotros, los presos, afluíamos por millones, y que más millones aún estaban esperándonos en los campos. ¡No podía ser que dejaran en la cárcel a tanta gente después de la más grande de las victorias mundiales! Si nos tenían retenidos aún era sólo para meternos miedo, para que lo recordáramos mejor. Habría grandes amnistías, naturalmente, y pronto nos soltarían a todos. Alguno juraba, incluso, haber leído en el periódico que Stalin, había respondido a un corresponsal estadounidense (¿Que cómo se llamaba?, No recuerdo...), que después de la guerra habría una amnistía como nunca se había visto en el mundo. A otros el propio juez de instrucción les había dicho que era seguro que pronto habría una amnistía general. (Estos bulos eran útiles para la instrucción sumarial, porque debilitaban nuestra voluntad: ¡A la porra, firmemos; total, para lo que nos queda...!)

Mas la clemencia nace de la cordura.

No hacíamos caso a las pocas personas sensatas que había entre nosotros y los tomábamos por pájaros de mal agüero cuando vaticinaban que nunca habría una amnistía política, como nunca la había habido en un cuarto de siglo (pero siempre saltaba algún docto entre los chivatos que decía: «Pues en 1927, para el décimo aniversario de Octubre, se vaciaron todas las cárceles, ¡y de ellas pendían banderas blancas!La sobrecogedora imagen de las banderas blancas —¿y por qué precisamente blancas?— era lo que más conmovía los corazones). [162] 2Hacíamos oídos sordos a los más lúcidos de entre nosotros cuando decían que si éramos millones en prisión era precisamente porque había terminado la guerra, porque ya no éramos necesarios en el frente y en retaguardia éramos peligrosos, mientras que en las lejanas construcciones sin nosotros no habría quien pusiera un ladrillo. (Nos faltaba desapego a nosotros mismos, si no para penetrar en el cálculo perverso de Stalin, por lo menos para comprender sus simples cálculos económicos: ¿quién iba a querer ahora, recién desmovilizado, dejar la familia y el hogar para irse a Kolymá, a Vorkutá, a Siberia, donde aún no había carreteras ni casas? ¡Si es que casi debiera haber sido competencia del Plan Estatal fijarle al NKVD una cifra obligatoria de presos!) ¡La amnistía! ¡Una amnistía amplia y magnánima! Y nosotros que la esperábamos y la ansiábamos. ¡Dicen que en Inglaterra, hasta en los aniversarios de la coronación, es decir, cada año, promulgan una amnistía!

Cuando el tricentenario de los Románov,* habían amnistiado a muchos presos políticos. ¿Sería posible que ahora, después de una victoria de importancia secular —si no mayor— el Gobierno de Stalin fuera tan mezquino y vengativo, que pudiera guardar rencor por cada tropiezo y cada desliz del último de sus subditos?

Es una verdad bien simple, pero para comprenderla hay que haberla sufrido: ¡en las guerras Dios bendice con la derrota, no con la victoria! Las victorias son necesarias a los gobiernos, y las derrotas, a los pueblos. Después de una victoria entran deseos de más, mientras que después de una derrota se quiere la libertad, y habitualmente se consigue. Los pueblos necesitan de las derrotas como las personas precisan del sufrimiento y la desdicha, pues obligan a concentrarse en la vida interna y elevan el espíritu.

La victoria de Poltava fue una desgracia para Rusia: acarreó dos siglos de grandes tensiones, de ruina y de falta de libertad, y trajo más y más guerras. En cambio, para los suecos la derrota de Poltava fue una salvación: perdido el deseo de guerrear, los suecos se convirtieron en el pueblo más próspero y libre de Europa. [163] 3

Tan acostumbrados estamos a enorgullecernos de nuestra victoria sobre Napoleón que hemos olvidado que precisamente por su culpa la emancipación de los siervos no se produjo medio siglo antes (mientras que para Rusia la ocupación francesa no hubiera sido una amenaza real). En cambio la guerra de Crimea* nos trajo la libertad.

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