Entre los emigrados había un joven de mi edad, Igor Tronko. Hicimos amistad. Estábamos los dos debilitados, enflaquecidos, con los huesos apenas cubiertos por un pellejo amarillo grisáceo (en realidad, ¿por qué decaíamos tanto? Creo que por desasosiego espiritual). Los dos delgados y larguiruchos, bamboleados por las rachas del viento estival, paseábamos siempre emparejados por los patios de Butyrki con ese andar cauteloso de los ancianos y opinábamos sobre el paralelismo de nuestras vidas. Habíamos nacido el mismo año en el sur de Rusia. Aún éramos niños de teta cuando el destino hurgó en su ajado zurrón y me sacó a mí la paja corta y a él la larga. Y el destino quiso llevarlo allende los mares, aunque su padre, un «guardia blanco», no fuera en realidad más que un simple telegrafista sin una perra.

Me resultaba fascinante imaginarme, a través de su vida, a toda una generación de compatriotas que vivían allí. Habían crecido bajo la mirada atenta de sus padres, con unos ingresos modestos, incluso parcos. Estaban todos muy bien educados, y tenían, en lo posible, una sólida cultura. Habían crecido sin conocer el terror ni la opresión, aunque sobre ellos pesó el dirigismo autoritario de las organizaciones blancas hasta que adquirieron fuerzas propias. Fueron educados de tal modo que los males del siglo, que se adueñaron de toda la juventud europea (actitud frívola ante la vida, irreflexión, despilfarro, elevada criminalidad), no les afectaron, pues habían nacido a la sombra, por así decirlo, de una desgracia imborrable acaecida asus familias. De todos los países donde habían crecido, sólo a Rusia consideraban patria. Su educación espiritual se basó en la literatura rusa, tanto más entrañable cuanto que notenía como fondo una patria física y era por tanto para ellos la única que existía. Tenían a su alcance las publicaciones modernas más variadas y en mayores cantidades que nosotros, pero les llegaban pocas ediciones soviéticas y esta carencia era la que sentían con más profundidad; creían que así no llegarían a entender la Rusia Soviética en lo más esencial, transcendental y bello, y que lo que llegaba hasta ellos era lo tergiversado, lo mendaz, lo incompleto. La imagen que tenían de nuestra auténtica vida era muy tenue, pero su añoranza de la patria era tal que, si en 1941 los hubieran llamado, habrían acudido todos al Ejército Rojo y les habría parecido más dulce la idea de ir a Rusia para morir que para vivir. A los veinticinco-veintisiete años, esta juventud ya tenía opiniones propias y las defendía con firmeza. Así, el grupo de Igor era «no-apriorista». Afirmaban que quien no hubiera compartido con la patria las pasadas décadas, con toda su complejidad y rigor, no tenía ahora derecho a decidir el futuro de Rusia, ni siquiera a proponer nada, sólo a ir allí y contribuir con todas sus fuerzas a lo que el pueblo decidiera.

Pasamos muchos ratos tendidos en los catres uno junto a otro. Yo capté en todo cuanto pude su mundo y aquel encuentro me descubrió (después otros encuentros habrían de confirmarlo) que el reflujo de una considerable parte de nuestras fuerzas espirituales acausa de la guerra civil nos había privado de una amplia e importante rama de la cultura rusa. Y que todo aquel que en verdad ame nuestra cultura aspirará a la unión de ambas ramas, la de la metrópoli y la de la Diáspora. Sólo entonces llegará a su plenitud, sólo entonces revelará su capacidad para desarrollarse sin deterioro.

Sueño con ver llegar ese día.

* * *

El hombre es débil, débil. Al fin y al cabo, aquella privavera hasta los más tozudos deseaban el perdón. Corría el siguiente chascarrillo: «¡Diga su última palabra, acusado!». «¡Ruego me envíen a cualquier parte con tal de que haya poder soviético! Y sol...» Del poder soviético no había riesgo de desprendernos, pero sí corríamos peligro de vernos privados del sol... Nadie deseaba ir más allá del Círculo Polar, donde el escorbuto y la distrofia hacían estragos. Y por alguna razón especial floreció en las celdas la leyenda del Altai. Los pocos que habían estado allí, y sobre todo los que no habían estado, inspiraban a sus compañeros de celda sueños melodiosos: ¡Qué país el Alui! Grandes espacios siberianos pero un clima suave. Riberas de trigales y ríos de miel. Estepa y montañas. Rebaños de ovejas, caza, pesca. Aldeas muy ricas y pobladas...

Los sueños de los presos sobre el Altai, ¿no serían el eco del viejo sueño campesino sobre esa misma región? En el Altai se encontraban unas tierras denominadas «del Gabinete de Su Majestad»,* y por eso estuvo más tiempo cerrado a los colonos que el resto de Siberia, pero era allí precisamente donde ansiaban instalarse los campesinos (y no cejaban). ¿No será herencia de entonces esta leyenda tan arraigada?

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