Las personas no son personas sino «determinados portadores de determinadas ideas». «Sean cuales sean sus cualidades personales [del acusado], para someterlo a valoración no se debe aplicar sino un criterio: su utilidad desde una perspectiva de clase» (pág. 79).
Es decir, que podrás seguir existiendo sólo si tu vida le parece útil a la clase obrera. «Y si este criterio exige que la espada punitiva caiga sobre la cabeza de los acusados, pierde todo valor cualquier [...] intento de persuasión a través de la palabra» (pág. 81); o sea: los argumentos de los abogados, etcétera. «Nuestro tribunal revolucionario no se guía por artículos del código, ni por el peso de las circunstancias atenuantes; nuestro Tribunal debe regirse por el criterio de utilidad» (pág. 524).
En aquellos años, a muchos les ocurrió que, después de haber vivido años y más años, de repente se enteraron de que su existencia no era útil.
Y es que debemos comprender una cosa: lo que pesa sobre el acusado no es lo que haya hecho, sino lo que podría hacer si no lo fusilan ahora. «No nos protegemos sólo del pasado, sino también del futuro» (pág. 82).
Las declaraciones del camarada Krylenko son claras y universales. Nos aproximan a todo un periodo judicial en todo su relieve. De pronto, los vapores de la primavera han abierto paso a una transparencia otoñal. ¿Ha llegado el momento quizá de detenernos? ¿Está quizá de más hojear proceso tras proceso? A fin de cuentas, no vamos a ver más que todos estos principios aplicados de forma implacable.
Basta con entornar los ojos para imaginarnos la pequeña sala de la audiencia, aún sin molduras de oro. Los miembros del tribunal, amantes de la verdad, visten sencillas guerreras, son flacos, aún no han echado barriga. Y donde se halla la
Miren qué bien habla el supremo acusador: «¡Me interesa la cuestión del hecho!»; «¡Concretice el momento de esa tendencia!»; «Operamos en el plano analítico de la verdad objetiva». De vez en cuando —¡lo que son las cosas!— brilla también un proverbio latino (cierto que siempre es el mismo, proceso tras proceso, y que no se aprende otro hasta al cabo de algunos años). Hay que decir honestamente que en medio de todo el trajín revolucionario, se las arregló para terminar la carrera en dos facultades. Lo que predispone hacia él es que habla de los acusados con el corazón en la mano: «¡Canallas profesionales!». Y jamás se permite una hipocresía. Por ejemplo, si no le gusta la sonrisa del acusado, le espeta de manera amenazadora, antes de que se haya dictado sentencia: «¡A usted, ciudadana Ivánova, con esa sonrisita, pronto sabremos lo que vale, ya encontraremos la forma de que no vuelva a sonreír
Así pues, ¿manos a la obra?
El proceso contra
Yegórov se justifica ingenuamente: dice que «el artículo lo ha escrito un político eminente cuya opinión, con independencia de que fuera o no compartida por la redacción, tiene un interés general». Más adelante añade que no ve difamación alguna en las afirmaciones de Savínkov: «no olvidemos que Lenin, Natanson y Cía. llegaron a Rusia vía Berlín, es decir, que las autoridades alemanas les ayudaron a regresar a la patria», puesto que así ocurrió realmente: la Alemania del Kaiser, a la sazón en guerra, había ayudado al camarada Lenin para que regresara.
Krylenko exclama que no pretende acusar al periódico de difamación (¿pues entonces de qué?), que están juzgando al periódico
Tampoco se hace responsable al periódico por la frase de Savínkov: «hay que ser un criminal insensato para afirmar con toda seriedad que el proletariado mundial nos va a brindar apoyo», pues no hay duda de que acabarán apoyándonos...