Vean ustedes lo que era este Consejo: ¡¡¡ una institución con
Y sin embargo, los compinches mantuvieron el tren de vida de antes: el éxito no se les había subido a la cabeza ni los había separado del resto de mortales. Entre sus amigotes había un tal Maksimych, un tal Lionka, alguien llamado Rafailski ycierto Mariupolski, todos ellos «sin relación alguna con las organizaciones comunistas». Se instalaron en apartamentos particulares y en el Hotel Savoy, en «ambientes de lujo [...] en que reinaban los naipes (la banca cubría apuestas de mil rublos), la bebida y las mujeres». Por su parte, Kósyrev adquiere un ostentoso mobiliario (70.000 rublos) y no vacila en escamotear de la VChK cucharas y tazas de plata (¿y ellos, de dónde las habían sacado?) e incluso vasos normales y corrientes. «He aquí en qué concentra su atención [...], he aquí con qué reemplaza la lucha ideológica, he aquí cómo busca medrar sirviéndose del movimiento revolucionario.» (Cuando le llega el turno de defenderse, este prominente chekista negará haber aceptado sobornos y, sin que le tiemble una sola pestaña, tendrá la desfachatez de soltar un embuste como que dispone de... ¡una herencia de 200.000 rublos en un banco de Chicago! Por lo visto cree que es perfectamente posible compaginar una situación personal así con la revolución mundial.)
¿Cual era la mejor forma de utilizar ese poder sobrehumano que le permitía arrestar o poner en libertad a su antojo? Evidentemente, había que ir sólo a por los peces que ponen huevas de oro, y en 1918 bastaba echar la red para llenar el capazo. (La Revolución se había hecho con demasiada premura y era mucho lo que se había pasado por alto. Las damas burguesas habían escondido a tiempo gran cantidad de piedras preciosas, collares, pulseras, sortijas y pendientes.) Y ya con el pez en la mano, no había más que ponerse en contacto con los parientes del detenido a través de un hombre de paja.
Y vean qué otros personajes encontramos en este proceso. Tenemos por ejemplo a Uspénskaya, una joven de veintidós años que acabó el bachillerato en San Petersburgo pero no logró acceder a los cursos superiores. Se proclamó entonces el régimen soviético y, en la primavera de 1918, Uspénskaya se presentó en la Vecheká para ofrecerse como delatora. Como tenía un físico adecuado, la aceptaron.
El concepto de delación (por aquel entonces