La condena fue exclusivamente por el intento de influir en la opinión: un periódico que se publicaba desde 1864, que había sufrido todos los periodos de reacción imaginables: el de Uvárov, Pobedonóstsev, Stolypin, Kasso y un sinnúmero más, ¡ahora quedaba cerrado por siempre ! (¡Por un solo artículo, por siempre! ¡Así es como hay que gobernar!) En cuanto al redactor Egórov... —¿cómo no les da vergüeza tanta clemencia? ¡Ni que estuviéramos en Grecia!—, tres meses en una celda incomunicada. (Pero, en fin, sólo estábamos en 1918. Si el viejo sobrevivía, ya volverían a encerrarlo, ¡y después, aun tantas veces más como hiciera falta!)

En aquellos procelosos años, por extraño que parezca, los sobornos se daban y recibían con la mayor exquisitez, como siempre fue en la antigua Rusia, y como siempre será en la Unión Soviética. Las ofrendas llegaban incluso —y sobre todo— a los organismos judiciales. Y —¿nos atrevemos a decirlo?— también a la Cheká. Los tomos de historia encuadernados en rojo, estampados con letras de oro, guardan silencio, pero los viejos, que fueron testigos, recuerdan que en los primeros años tras la Revolución —a diferencia de lo que ocurriría en época de Stalin— la suerte de los presos políticos dependía enormemente de los sobornos: los aceptaban sin sonrojo y después cumplían con honestidad y soltaban a los detenidos a cambio del dinero. Hasta Krylenko, que sólo recoge una docena de procesos en cinco años, habla de dos en los que hubo soborno. ¡Qué descorazonador!, los tribunales revolucionarios, tanto el Supremo como el de Moscú, avanzaban hacia la perfección por tortuosos vericuetos: ambos habrían de ver empañada su honradez.

El proceso contra tres jueces de instrucción del Tribunal Revolucionario de Moscú(abril de 1918). En marzo de 1918 fue detenido un tal Beridze, que traficaba con lingotes de oro, y su esposa, como era habitual en aquella época, se puso a buscar el modo de comprar su libertad. A través de una serie de amistades logró dar con uno de los jueces de instrucción, quien a su vez metió a otros dos en el ajo. Tuvieron una reunión secreta y le exigieron a la mujer 250.000 rublos, que se redujeron a 60.000 tras algunos regateos. Había que pagar la mitad por adelantado y mantener el resto de contactos a través del abogado Grin. Todo habría discurrido en silencio —al igual que se culminaban sin tropiezos tantos cientos de arreglos semejantes— y no habría llegado a la crónica de Krylenko, y por tanto a estas páginas (¡ni tampoco a una sesión del Consejo de Comisarios del Pueblo!), de no haber empezado la esposa a tacañear. En efecto, en lugar de los 30.000 rublos acordados como anticipo, la mujer sólo le entregó a Grin 15.000. Pero más importante aún es que, dejándose llevar por una inquietud muy femenina, decidió que el abogado ese no era de confianza, así que a la mañana siguiente se dirigió a otro, apellidado Yakúlov. Aunque la crónica no dice exactamente quién aireó el asunto, parece que fue Yakúlov el que decidió apretarles las clavijas a los jueces de instrucción.

Lo interesante de este proceso es que todos los testigos, empezando por la infeliz esposa, hicieron lo posible por declarar en provecho de los jueces acusados y desarmar a la acusación (¡algo imposible en un proceso político!). Krylenko explicaba así esta actitud: aquellos testigos tenían una mentalidad pequeñoburguesa y veían a nuestro Tribunal Revolucionario como algo ajeno. (Permítase que supongamos, también desde una mentalidad pequeñoburguesa, que acaso tras medio año de dictadura del proletariado los testigos hubieran aprendido a tener miedo.Porque si el Tribunal Revolucionario había decidido hundir a sus propios jueces de instrucción, era que iban a por todas. Y si ellos declaraban culpables a los suyos, ¿qué podían esperar los testigos?)

También resulta interesante la argumentación del acusador. Téngase en cuenta que hasta hacía un mes los acusados habían sido sus compañeros de lucha, sus aliados y auxiliares, personas firmemente adictas a la Revolución. Uno de ellos, Leist, había sido incluso «un acusador severo, capaz de lanzar rayos y truenos sobre cualquiera que atentara contra los cimientos del socialismo». ¿Qué iban a decir ahora contra ellos? ¿Dónde iban a encontrar algo que pudiera mancharlos? (porque por sí sólo, el cohecho no manchaba lo bastante). Pues muy fícil: ¡en su pasado!,¡en su curriculum!

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