El comisario político del pelotón de alguaciles se le acercó al instante y le aplastó la boca de la pistola contra la cara. Vlásov intentó hacerse con el arma, acudió corriendo un policía y separó violentamente a su comisario político, que acababa de cometer un error. El jefe de la escolta ordenó: «¡A sus armas!», y las treinta carabinas de la policía de escolta, así como las pistolas de los miembros del NKVD del lugar, apuntaron hacia los condenados y la multitud (hasta tal punto parecía que iban a echárseles encima para liberar a los reos).
Sólo unos pocos quinqués de petróleo alumbraban la sala, y la penumbra añadía aún más confusión general y temor. Definitivamente persuadida —si no por el proceso, sí por las carabinas que la estaban apuntando— la muchedumbre, apretujándose y presa del pánico, se precipitó hacia la calle por puertas y ventanas. Crujió el piso de madera, tintinearon los cristales. La esposa de Univer, a punto de morir pisoteada, permaneció hasta la mañana siguiente tendida sin conocimiento bajo las sillas.
Así que no hubo aplausos...
Quisiera ahora dedicar una pequeña nota a la niña de ocho años Zoya Vlásova. Amaba a su padre con locura. No pudo seguir yendo a la escuela (la pinchaban: «¡Tu padre es un empecedor!», pero ella les hacía frente: «¡Mi papá es bueno!»). Después del juicio ya sólo vivió un año (nunca antes había estado enferma), y en este año
Cuando contamos los millones que murieron en los campos de reclusión, siempre olvidamos multiplicar por dos o por tres...
A los condenados no sólo no podían fusilarlos acto seguido, sino que ahora era preciso vigilarlos con más celo aún, puesto que ya nada tenían que perder. Para el cumplimiento de la sentencia debían ser escoltados hasta la capital de la región.
La primera tarea —la de conducirlos de noche al NKVD por la calle— la organizaron de la manera siguiente: cada reo iba acompañado por cinco hombres. Uno llevaba un farol. Otro iba delante pistola en mano. Dos llevaban del brazo al condenado a muerte y sostenían sendas pistolas en la mano libre. El quinto iba detrás apuntando al condenado por la espalda.
El resto de los policías estaba distribuido uniformemente a lo largo del camino para impedir cualquier asalto de la multitud.
Visto este caso, cualquier persona sensata convendrá que, si el NKVD hubiera tenido que malgastar su tiempo con juicios públicos, nunca habría podido cumplir su alto cometido.
Precisamente por esto, los procesos políticos públicos jamás llegaron a cuajar en nuestro país.
11. La medida suprema
En Rusia la historia de la pena de muerte describe sinuosos altibajos. Si el Código de Alexéi Mijáilovich preveía la pena de muerte en cincuenta casos, en las Ordenanzas Castrenses de Pedro I éstos llegaban ya a doscientos artículos. Por su parte, la emperatriz Isabel, aunque no llegó a abolir dichos artículos, no los aplicó una sola vez: cuentan que al subir al trono hizo voto de no ejecutar a nadie, y lo mantuvo en los veinte años que duró su reinado. ¡Y no tuvo necesidad de recurrir al cadalso, a pesar de la guerra de los siete años! Es un ejemplo digno de asombro, teniendo en cuenta que ello ocurría a mediados del siglo XVIII, cincuenta años antes de la guillotina de los jacobinos. Ciertamente, siempre nos las hemos sabido ingeniar para ridiculizar nuestro pasado; nos negamos a reconocer que pueda haber buenos actos o intenciones en nuestra historia. Y así, tampoco es difícil encontrar razones para poner a Isabel de vuelta y media, ya que sustituyó la pena de muerte por el chasquido del látigo, los desnarigamientos, las marcas corporales a fuego con la palabra «ladrón» y los destierros perpetuos a Siberia. Sin embargo, digamos en descargo de la emperatriz: ¿Cómo podría haber ido más lejos sin contravenir las ideas establecidas? Hoy día, quizá prefiriera de buena gana el condenado a muerte, con tal de seguir viendo el sol, todo este complejo de suplicios que nosotros, por humanidad, no le ofrecemos. Tal vez, a medida que se adentra en este libro, el lector se incline a pensar que veinte y hasta diez años en nuestros campos penitenciarios son más rigurosos que los castigos de Isabel.