Narokov (Márchenko), en su novela
Las grandezas imaginarias,muy perjudicada por haberse impuesto el autor la tarea de escribir al estilo de Dostoyevski —y aun de desgarrar y conmover el corazón del lector más que el propio Dostoyevski—, sin embargo, describe muy bien, a mi entender, la celda de los condenados y la escena misma del fusilamiento.
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34No es algo que hayamos podido comprobar, claro está, pero tiene visos de verosimilitud.
En cambio, las conjeturas de literatos anteriores, por ejem
ploLeonid Andréyev, tienen ahora, lo quieran o no, un resabio de los tiempos de Krylov. Pero es que por otra parte ninguna persona, por desbordada que fuera su imaginación, habría podido imaginarse, por ejemplo, las celdas de los condenados de 1937. No hay duda de que en caso de intentarlo, el escritor habría recurrido a procedimientos psicológicos: ¿cómo era la espera?, ¿cómo aguzaban el oído? Pero nadie habría podido prever —ni mucho menos describir— las inesperadas sensaciones de quienes esperan la muerte:
1. Los condenados padecen
frío.Tienen que dormir sobre un suelo de cemento, y esto, si te toca junto a la ventana, significa estar a tres grados bajo cero (Strájovich). Mientras esperas que vengan a por ti, te hielas de frío.
2. Los condenados a muerte padecen
estrechez y sofoco.En una celda individual embuten a siete (menos no suelen ser) , cuando no diez, quince y hasta veintiocho condenados (Strájovich, Leningrado, 1942). ¡Y allí los tienen apretujados durante semanas y meses! ¡Valiente pesadilla, pues, la de tus siete ahorcados!
[234]Los reos ya no piensan en la ejecución, ya no les atormenta la muerte, sino cómo estirar las piernas, volverse del otro lado, cómo conseguir un poco de aire.
En 1937 en las cuatro prisiones de Ivánovo —la Interior, la n° 1, la n° 2 y la KPZ— había llegado a haber hasta cuarenta mil presos al mismo tiempo, siendo así que estas cárceles estaban calculadas, como máximo, para tres o cuatro mil. En la prisión n° 2 estaban mezclados: los reclusos en prisión preventiva, los condenados a campo penitenciario, los condenados a muerte, los condenados a muerte ya indultados, y, además, los simples rateros. Y todos ellos pasaban
varios díasen una gran celda, de pie, unos contra otros,
tan apretujadosque era imposible levantar o bajar el brazo, y el que se encontraba presionado contra los catres podía romperse la rodilla. Era invierno, pero los presos rompieron los cristales de las ventanas para no asfixiarse. (En aquella celda esperaba la muerte Alaly-kin, de cabellos blancos como la nieve, militante del partido socialdemócrata desde 1898 y que abandonó el partido bolchevique en 1917, después de promulgarse las tesis de abril.*)
3. Los condenados a muerte padecen
hambre.Tanto tiempo esperan la ejecución de la sentencia que su máximo tormento ya no es el miedo al pelotón, sino las punzadas del hambre: ¿de dónde van a sacar algo para comer? En 1941, en la cárcel de Krasnoyarsk, Alexandr Bábich pasó en la celda de los condenados a muerte... ¡setenta y cinco días! Se había resignado ya completamente y no esperaba más que el fusilamiento como el único final posible a su desgraciada vida. Y entonces le conmutaron la pena por diez años, pero estaba hinchado por la desnutrición, y en este estado empezó su periplo por los campos. ¿Y cuál es el récord de días pasados esperando la muerte? ¿Quién podría saberlo? Vsévolod Petróvich Golitsyn, síndico* electo por los reclusos (!) de su celda, permaneció en ella ciento cuarenta días (1938). ¿Es éste, sin embargo, el récord? El académico N.I. Vavílov, orgullo de nuestra ciencia, esperó el fusilamiento varios meses, quién sabe si no un año entero; como condenado a muerte fue evacuado a la cárcel de Sarátov, donde estuvo encerrado en un calabozo subterráneo sin ventanas, y cuando en el verano de 1942 lo indultaron y lo trasladaron a una celda común, era incapaz de andar. A la hora del paseo había que sacarlo en brazos.
4. Los condenados a muerte padecen
la privación de asistencia médica.Tras una larga permanencia en la celda de los condenados (1938), Ojrimenko cayó gravemente enfermo. No sólo no lo ingresaron en el hospital, sino que la doctora se hizo esperar. Y cuando por fin acudió, no entró siquiera en la celda: le tendió unos polvos a través de las rejas sin practicarle un reconocimiento ni hacerle pregunta alguna. Strájovich estaba aquejado de una hidropesía en los pies, así se lo dijo al celador y le enviaron... a un dentista.