No llegó ni confirmación ni indulto, y no hubo más remedio que transportar a los cuatro condenados a Kineshma. Los trasladaron en cuatro camiones desentoldados, uno por condenado, con siete policías en cada uno de ellos.

En Kineshma los encerraron en la cripta del monasterio (la arquitectura monacal, despojada de toda ideología monástica, les fue de perlas). Desde allí fueron transportados en un vagón para reclusos hasta Ivánovo junto con otros condenados a muerte.

En pleno patio de vías de la estación de Ivánovo separaron a tres de ellos del resto de la partida: Sabúrov, Vlásov y uno del otro grupo. A los restantes se los llevaron inmediatamente —o sea, los fusilaron— para no sobrecargar la prisión. Así fue cómo Vlásov se despidió de Smirnov.

A los tres que quedaban los tuvieron cuatro horas en el patio de la cárcel n° 1 al húmedo raso de octubre, mientras entraban, salían o eran cacheados presos de otros traslados. En buena ley, nada podía asegurarles todavía que no los fueran a fusilar aquel mismo día. ¡Esas cuatro horas tuvieron que pasárselas sentados en el suelo, cada cual con sus pensamientos! Hubo un momento en que Saburov creyó que se los llevaban al paredón (pero los condujeron a una celda). No gritó, pero se agarró tan fuerte al brazo de su vecino que fue éste el que gritó de dolor. La escolta tuvo que llevarse a Saburov a rastras, pinchándolo con las bayonetas.

En aquella prisión había cuatro celdas reservadas a los condenados a muerte. ¡Y compartían pasillo con las celdas de los niños y los enfermos! Las celdas de los condenados a muerte tenían dos puertas: una normal, de madera, con una mirilla, y otra con reja de hierro y dos cerraduras (el celador y el jefe de bloque tenían llaves distintas, para que ninguno de los dos pudiera abrir la puerta en ausencia del otro). La celda n° 43 compartía pared con el despacho del juez de instrucción, y por las noches, mientras los condenados esperaban que vinieran por ellos en cualquier momento, los gritos de los torturados les perforaban los oídos.

Vlásov fue a parar a la celda n° 61. Era una celda individual de cinco metros de largo, de un ancho apenas superior a un metro. Había dos camastros de hierro firmemente sujetos al suelo mediante una gruesa barra de hierro, y en cada cama yacían dos condenados, pies con cabeza. Otros catorce estaban tendidos de través sobre el suelo de cemento.

¡Dejaban a cada uno menos de una arshina* cuadrada para esperar la muerte! Aunque se sabe desde hace tiempo que hasta un difunto tiene derecho a tres arshinasde tierra, y a Chéjov aún le parecía poco...

Vlásov preguntó si le fusilaban a uno enseguida. «Pues ya lo ves, nosotros llevamos tiempo aquí y todavía seguimos con vida...»

Y empezó la espera, que ya conocemos bien: nadie duerme en toda la noche, sumidos en la más completa postración, esperan que vengan a buscarlos, escuchan con atención los murmullos del pasillo (la larga espera debilita la capacidad de la persona para resistirse). Las noches más agitadas eran aquellas en que de día le había llegado el indulto a alguien: el indultado se había marchado dando gritos de alegría, pero entre quienes quedaban en la celda se había extendido el miedo, pues junto con el indulto habría llegado también de las alturas alguna petición desestimada, y esa noche vendrían por alguien...

A veces de noche rechinan las cerraduras y se encogen los corazones —¿Vendrán por mí? ¡No, no soy yo!—, y no es más que el celador que ha decidido abrir la primera puerta, la de madera, por cualquier tontería: «¡Retiren todo eso del alféizar de la ventana!». Quién sabe si los catorce envejecían un año de golpe cada vez que les abrían así la puerta. ¡Quizá si la abrieran unas cincuenta veces hasta podrían ahorrarse la bala! Y sin embargo, ¡qué agradecidos quedaban de que fuera tan sólo un susto!: «¡Ahora mismo lo quitamos, ciudadano jefe!». [235]

Hechas las necesidades de la mañana, dormían ya liberados del temor. Luego el celador les entraba una jofaina de sopa aguada y les decía: «¡Buenos días!». Las ordenanzas establecían que la segunda puerta, la enrejada, sólo podía abrirse en presencia del oficial de guardia. Pero, ya se sabe, el ser humano es mejor y más perezoso que cualquier norma o reglamento, y el celador entraba cada mañana en la celda sin el oficial, y de un modo totalmente humano, no, más que esto, ¡más que simplemente humano!, les dirigía un «¡Buenos días!».

¡Para quién en este mundo podía ser el día mejor que para estos hombres! Agradecidos por el calor de aquella voz y el calor del sopicaldo, dormían hasta mediodía. (¡No comían más que por la mañana! Al despertar en pleno día, muchos ya no eran capaces de comer. Algunos recibían paquetes —a veces los parientes sabían que los habían condenado a muerte, pero a veces no—, y estos paquetes pasaban a ser un bien común, aunque acababan echándose a perder en la humedad de la celda.)

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