Desde nuestra existencia ciega y acomodada, los condenados a muerte se nos antojan unos pocos seres aislados en manos de la fatalidad. Tenemos el convencimiento instintivo de que
Un agrónomo, responsable agrario de un distrito, fue condenado a muerte ¡por haberse equivocado al analizar el trigo del koljós! (¿No sería porque los resultados de su análisis no complacieron a sus superiores?) Sucedió en 1937.
Mélnikov, presidente de una cooperativa de artesanos (¡fabricaban canutillos para hilo!), fue condenado a muerte porque en el taller una máquina de vapor soltó una pavesa y se declaró un incendio. Fue en 1937. (Aunque lo cierto es que le conmutaron la pena por diez años.)
En la referida prisión de las Cruces esperaban la muerte: Feldman, por posesión de divisas; Faitelevich, alumno del conservatorio, por vender flejes de acero para fabricar plumillas. ¡El comercio ancestral, pan y pasatiempo de los judíos, también se había hecho merecedor de la muerte!
Así pues, ¿cómo maravillarnos de que condenaran a muerte a un joven como Gueraska? El día de San Nicolás, en primavera, este joven campesino de Ivánovo había andado de juerga en un pueblo vecino, bebió más de la cuenta y golpeó con una estaca el trasero... ¡no de un policía!, sino del caballo de un policía. (Cierto que, para mayor indignación del agente del orden, desclavó un listón de la fachada del soviet rural y arrancó el cable del teléfono al grito de: «¡Mueran esos diablos!».)
El que uno dé con sus huesos en la celda de los condenados a muerte no depende de lo que haya hecho o dejado de hacer, sino del giro de una gran rueda movida por poderosas circunstancias externas. Por ejemplo, cuando el cerco de Leningrado. ¿Qué iba a pensar el jefe supremo de la ciudad, el camarada Zhdánov, si en unos meses tan duros no constaban penas de muerte en las actas de la Seguridad del Estado? Pues que los Órganos estaban de brazos cruzados, ¿o qué si no? ¿No debían haberse descubierto grandes conjuras dirigidas desde fuera por los alemanes? ¿Cómo podía ser que en 1919, bajo el mando de Stalin, se descubrieran tantas conjuras y que ahora, en 1942, con Zhdánov, no las hubiera? Y de este modo, ni cortos ni perezosos, ¡se descubren diversas e intrincadas conspiraciones! Mientras uno duerme en su habitación de Leningrado, en la que hace tanto frío como en la calle, una zarpa negra de largas uñas desciende ya sobre su persona. Y desde ese momento nada depende de él. Se designa a una persona cualquiera, al teniente general Ignatovski, por ejemplo. Sus ventanas dan al Nevá, ha sacado un pañuelo blanco para sonarse: ¡es una señal! Además, Ignatovski, como ingeniero que es, gusta de hablar con los marineros sobre el material náutico. ¡Ya es nuestro! Detienen a Ignatovski. ¡Ha llegado el momento de pasar cuentas! Diganos el nombre de cuarenta miembros de su organización. Y los desembucha. De modo que si uno es acomodador del teatro Alexandra,* pongamos por caso, no tiene muchas probabilidades de que salga su nombre, pero si es profesor del Instituto Técnico Superior tiene todos los números para aparecer en la lista. ¿Usted qué hubiera hecho? Así que todos los de lista van derechitos al paredón.