Y aunque el médico intervenga, ¿debe curar al condenado a muerte, es decir, prolongar su espera? ¿O actuaría quizá de forma más humana si insistiera en que lo fusilen cuanto antes? He aquí otra escena vivida por Strájovich: entró el médico, y conforme hablaba con el oficial de guardia apuntaba con el dedo a los condenados diciendo «¡Difunto! ¡Difunto! ¡Difunto!». (Así indicaba insistentemente al oficial qué reclusos estaban distróficos, como diciéndole que no se podía llevar a la gente hasta ese punto, ¡que ya era hora de fusilarlos!)

Eso mismo, ¿por qué los retenían tanto tiempo? ¿Es que andaban cortos de verdugos? Habría que tener en cuenta este otro hecho: a muchos condenados les proponían, e incluso les rogaban,que firmaran una petición de indulto, y si se obstinaban en su negativa, hartos ya de trapicheos, entonces las firmaban en su nombre. Y claro, es natural que transcurrieran meses hasta que los papeles pasaran por todos los recovecos de la máquina.

Seguramente sucedía lo siguiente: se trataba del punto en que confluían dos organismos oficiales. La administración encargada de la investigación penal y la función procesal (como hemos podido saber por los miembros de la Sala de lo Militar, se trata de un mismo organismo) se desvivía por descubrir crímenes espantosos y no podía por menos de imponer a los criminales el castigo que merecían: la muerte. Pero así que las sentencias se habían pronunciado, así que las condenas a muerte obraban ya en los estadillos de la autoridad investigadora-procesal, esos mamarrachos —alias condenados— dejaban de interesarles: en realidad, no se había perpetrado ninguna sedición, y el hecho de que los condenados siguieran con vida o murieran en nada iba a alterar la marcha del Estado. De modo que quedaban a la entera disposición de las autoridades penitenciarias. Y éstas, estrechamente vinculadas con el Gulag, contemplaban a los presos desde un punto de vista económico: las cifras que debían alcanzar ya no se referían a personas fusiladas, sino a mano de obra mandada al Archipiélago.

Justo así es como vio Sokolov, jefe de la prisión interior de la Casa Grande, a Strájovich cuando éste, que había acabado por aburrirsede esperar en su celda, pidió papel y lápiz para dedicarse a los estudios científicos. Primero llenó todo un cuaderno, al que puso por título La interacción entre un líquidoy un cuerpo sólido que se mueve en él,después vino Cálculo de ballestas, resortesy amortiguadores,y más tarde Fundamentos de la teoría de la estabilidad.Entonces lo trasladaron a una celda «para científicos» separada de las demás, donde daban mejor de comer y empezaron a llegarle encargos desde el frente de Le-ningrado. Y les elaboró un sistema de «defensa antiaérea con armas volumétricas». Al final, Zhdánov le conmutó la pena de muerte por quince años de reclusión (pero como el correo entre Leningrado y el territorio fuera del cerco iba lento, antes le llegó el acostumbrado indultode Moscú, que, aunque común y corriente, fue más generoso que el de Zhdánov: una decena nada más).

Todos los cuadernos de Strájovich se han conservado en buen estado. Su fcarrera científica» entre rejas no había hecho más que empezar. Más adelante dirigiría uno de los primeros proyectos soviéticos sobre motores de turborreacción.

Por su parte, el juez de instrucción Kruzhkov (sí, sí, el mismo, el que robaba) decidió explotar con fines particulares a N.P., un profesor de matemáticas condenado a muerte: ¡y es que Kruzhkov seguía cursos por correspondencia! Así pues, sacaba a N.P. de la celda y lo ponía a resolver los problemas de teoría de funciones con variable compleja que figuraban en sus hojas de examen (y sin duda, no sólo las suyas).

Así pues, ¿qué podrá saber la literatura universal de los sufrimientos que preceden a la ejecución?

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