«Vagón-zak», ¡qué horrible abreviatura! Como todas las que inventan los verdugos. Con ella quieren decir que se trata de un vagón de presos, de zakliuchónie.Pero el vocablo no ha cuajado en ninguna parte, como no sea en la documentación penitenciaria. Para referirse a este vagón los presos han hecho suyo el nombre de «vagón Stolypin» o simplemente «stolypin».

A medida que el transporte ferroviario fue implantándose en nuestro país, el traslado de presos adquirió nuevas formas. En el siglo pasado, hasta la década de los noventa los presos todavía eran trasladados a Siberia a pie o en coche de caballos. Pero en 1896 Lenin ya iba al destierro siberiano en un vagón ordinario de tercera clase (entre simples pasajeros) aunque, eso sí, se quejaba a gritos al revisor de que se estaba estrecho, de que aquello era insoportable. El cuadro de Yaroshenko Vida por doquier,conocido por todos, nos muestra un coche de cuarta clase transformado en vagón de prisioneros cuyo acondicionamiento hoy nos parece de una ingenuidad infantil: todo se había dejado como estaba y los presos viajaban como cualquier pasajero; la única diferencia era que el vagón llevaba rejas a ambos lados. Estos coches circularon durante mucho tiempo por los tendidos rusos y algunos aún recuerdan haber sido trasladados en ellos en 1927, los hombres separados de las mujeres. Por otra parte, el socialista revolucionario Trushin asegura que en tiempos del zar él ya había sido trasladado en un «stolypin», sólo que —de nuevo con la inocencia propia de aquellos años dignos de un Krylov— a la sazón sólo metían a seis por compartimiento.

La historia del vagón es la siguiente: fue puesto en servicio durante el mandato de Stolypin, efectivamente, pero es que había sido construido en 1908 para los colonos que iban a poblar las regiones orientales del país, en un momento en que estaba desarrollándose un fuerte movimiento migratorio y escaseaba el material rodante. Este tipo de vagones era más bajo que un coche de pasajeros convencional, pero mucho más alto que uno de mercancías y disponía además de compartimientos auxiliares para guardar aves o enseres (los «semi-compartimientos» actuales, que sirven de calabozo), pero, como es natural, no tenía rejas ni en el interior ni en las ventanillas. Las rejas seguramente se deban a alguna mente inventiva que me inclino a creer sería bolchevique. Y a este vagón le pusieron «stolypin», como el ministro que retara en duelo a un diputado por haber dicho aquello de «la corbata de Stolypin».* Sin embargo, como quiera que ya había muerto, esta vez no pudo detener esa calumnia.

Realmente, no se puede acusar a las autoridades del Gulag de emplear el término «stolypin», porque ellos siempre han dicho «vagón-zak». Fuimos los zekslos que, por instinto de contradicción, rechazamos el nombre oficial, y por querer llamarlo a nuestra manera, de la forma más grosera posible, nos dejamos atraer de forma equivocada por el mote que habían acuñado los presos de las generaciones anteriores, los de los años veinte, como es fácil de calcular. ¿Quiénes pudieron haberse inventado el mote? No serían los «contras», desde luego, pues nunca se les habría ocurrido asociar al primer ministro del zar con los chekistas. Desde luego, sólo pudieron ser los «revolucionarios», que se vieron inesperadamente atrapados en el matadero chekista: o los socialistas revolucionarios, o los anarquistas (siempre que el apodo surgiera a principios de los años veinte), o bien los trotskistas (si es que fue a finales de la década). Después de haber asesinado al gran hombre de Estado, esas víboras ultrajaron su memoria con una infame mordedura postuma.

Pero dado que este vagón no se convirtió en el medio preferido de transporte hasta los años veinte y que se le dio una aplicación exclusiva y generalizada a principios de los treinta, cuando toda nuestra existencia se vio invadida por la uniformidad (tanto más que probablemente por entonces se construyeron muchos otros vagones como ésos), sería más justo llamarlos «stalin» y no «stolypin».

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