¿Pero qué es esto? Chirría insolente la llave del carcelero en la cerradura. Aparece un siniestro jefe de bloque con una larga lista: «¿Apellido? ¿Nombre y patronímico? ¿Fecha de nacimiento? ¿Artículo penal? ¿Plazo de reclusión? ¿Fecha en que expira la pena? ¡Recoja
¡Ay, amigos, el traslado! ¡El traslado por etapas! ¡A saber adonde nos llevan! ¡Bendícenos, Señor! ¿Quién sabe si dejaremos allí los huesos?
¡Ea, pues! Si aún estamos vivos, ya acabaremos de contarlo en otra ocasión. En la cuarta parte. Si aún estamos vivos para entonces...
FIN DE LA PRIMERA PARTE
Segunda parte. Perpetuum mobile[252]
Tampoco las ruedas se detienen, Las ruedas...
Giran y danzan las muelas, Y ruedan...
Wilhelm Miiller
1. Las naves del Archipiélago
Del estrecho de Bering hasta el Bósforo, o poco menos, miles de islas diseminadas forman un Archipiélago encantado. Son invisibles, mas existen, y del mismo modo imperceptible pero constante, hay que trasladar de isla en isla a los esclavos, también ellos invisibles, por mucho que tengan cuerpo, volumen y peso.
¿Por dónde se les conduce? ¿Con qué?
Hay para ello grandes puertos —las prisiones de tránsito—, y también puertos menores —los campos de tránsito—. Hay para ello naves cerradas de acero —los
¡Todo un sistema perfectamente sincronizado! No en vano se emplearon décadas para crearlo, sin premura alguna. No en vano se encomendó su creación a hombres de uniforme, bien alimentados y parsimoniosos. Los días impares a las 17.00 horas el tren con destino a Kíneshma debe recibir en la estación del norte de Moscú los cuervos de las cárceles de Butyrki, Presnia y Taganka. A su vez, el convoy de Ivánovo debe estar en la estación los días pares a las seis de la mañana para recibir y escoltar a quienes deban trasladarse a Nérejta, Bezhetsk y Bo-logoye.
Y todo esto sucede junto a ti, rozándote, como quien dice, pero te resulta invisible (aunque también podrías cerrar los ojos). En las grandes estaciones este sórdido cargamento se descarga y reexpide lejos de los andenes; sólo lo ven los guardaagujas y el personal de vía. En las estaciones de menor importancia también se prefiere un lugar perdido entre dos tinglados, de manera que los cuervos puedan arrimarse por atrás, estribo contra estribo con el vagón-zak. El preso nunca tiene tiempo de ver la estación, ni de verle a usted, ni de echar una ojeada al tren; sólo consigue ver los estribos (a veces, el más bajo llega hasta la cintura del preso, que carece de fuerzas para encaramarse), y a los hombres de la escolta que flanquean el estrecho pasillo entre cuervo y vagón rugiendo y aullando: «¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Venga! ¡Venga!». Y uno puede darse por contento si no hacen uso de las bayonetas.
Y usted, que se apresura por el andén con los niños, asiendo maletas y bolsas de malla, no está como para fijarse: ¿por qué habrán enganchado al tren un segundo furgón de equipajes? No lleva rótulo alguno y se parece mucho a cualquier otro coche de equipajes, con esa misma reja de varillas] oblicuas tras las que sólo se ve oscuridad. ¿Pero por qué van montados en él unos soldados, los defensores de nuestra Patria? ¿Por qué en cada parada, dos de ellos se pasean silbando a ambos lados, mirando bajo el vagón con el rabillo del ojo?
El tren se pone en marcha y cientos de destinos cautivos y apretujados, cientos de corazones mortificados, empiezan a discurrir por los mismos serpenteantes raíles que usted, siguiendo el mismo penacho de humo, pasando ante los mismos campos, postes y almiares, incluso algunos segundos por delante de usted. Pero el pasajero no puede ver nada de eso: el sufrimiento pasa veloz ante la ventanilla y de él queda en] el aire menos rastro que de unos dedos hundidos en el agua. Y en la consabida rutina del tren —el paquete de sábanas para la litera, el té servido en vasos con asa metálica— ¿cómo imaginar que tres segundos antes haya pasado por ese mismo punto de espacio euclidiano que ahora usted atraviesa semejante horror, sombrío y opresivo? Usted, que se queja de las estrecheces en el compartimiento porque las cuatro plazas van ocupadas, ¿cómo podría creer —o es que acaso creerá cuando" lea esta línea— que en cabeza de tren, en un compartimiento como el suyo, van catorce personas? ¿Y si le digo que veinticinco? ¿O treinta?