¿Era treinta y seis la cifra límite? No tenemos testimonio alguno que hable de treinta y siete, pero ateniéndonos a nuestro método científico socialista —el único posible y veraz— y educados como estamos en la lucha contra los «partidarios de la restricción», debemos responder: ¡No, no y no! ¡No existe límite! ¡Tal vez lo haya en alguna parte, pero no en nuestro país! ¡Mientras un compartimiento contenga algunos decímetros cúbicos de aire no desplazado, aunque sea bajo las literas, entre los hombros, cabezas y pies, dicho compartimiento estará todavía en condiciones de acoger más presos! Sin embargo, convencionalmente podemos establecer que el límite equivale al número de cadáveres no desmembrados que pueda contener el volumen total del compartimiento, si se cumple la condición —claro está— de poder apilarlos a voluntad.
V.A. Koméyeva partió de Moscú en un compartimiento en el que había
treinta mujeres,la mayoría de ellas ancianas decrépitas desterradas por su fe religiosa (a su llegada, todas ellas, excepto dos, fueron internadas directamente en un hospital). Si no hubo muertes, fue gracias a que también viajaban algunas jóvenes bonitas y desenvueltas, condenadas por «relaciones con extranjeros» que se pusieron a sermonear a la escolta: «¿No os da vergüenza transportarlas así? ¡Pudieran ser vuestras madres!». La escolta recibió con oído atento aquellas palabras —seguramente no tanto por los razonamientos morales de las muchachas como por sus atractivos— y algunas ancianas fueron trasladadas... al calabozo. Pero en un vagón-zak el «calabozo» no es un castigo, sino una bendición. De los cinco compartimientos celulares, sólo cuatro se utilizan como celdas comunes, el quinto está dividido en dos mitades, dos estrechos semi-compartimientos con una litera inferior y otra superior, como suelen tener los revisores de los expresos. El calabozo tiene como finalidad la incomunicación; cuando lo ocupan sólo tres o cuatro personas, es el colmo de la comodidad y el espacio.
No, no era con la intención de martirizarlos a base de sed si durante esos días que pasaban en el vagón, extenuados y apretujados, los alimentaban exclusivamente con arenques o
vobla*ahumada en lugar de darles una ración caliente (así fue todos los años, la década de los treinta y de los cincuenta, en invierno y en verano, en Siberia y en Ucrania, y estaría de más presentar ejemplos). No, no era para martirizarlos, porque además, díganme ustedes, ¿y cómo había que dar de comer a
esa chusma estando en pleno viaje? Las ordenanzas no decían nada de comidas calientes (cierto que el vagón-zak contaba con una cocina en uno de los compartimientos, pero estaba] reservada al cuerpo de guardia), tampoco iban a darles sémola sin hervir, ni mucho menos bacalao al natural. ¿Carne en conserva? ¡Sí, hombre! ¡Y encima que engorden! Nada mejor que arenque y un pedazo de pan, ¿pero qué más quieren?
¡Toma, toma tu medio arenque, ahora que puedes, y alégrate! Si eres listo, no darás cuenta de él ahora mismo, sino que te lo guardarás pacientemente en el bolsillo hasta llegar a la prisión de tránsito, donde hay agua. Peor es cuando te dan anchoas del mar de Azov recubiertas de sal gorda y tan húmedas que no se te conservarían en el bolsillo. Hay que recogerlas enseguida en el faldón del chubasquero, en un pañuelo o en la palma de la mano y comérselas. Las anchoas se distribuyen sobre el chubasquero de alguno, mientras que si se trata de
vobla,el centinela la echa directo al suelo y los presos se las reparten en las literas o sobre las rodillas.
P.F. Yakubóvich (En
el mundo de los proscritos,Moscú, 1964, tomo 1) comenta a propósito de los años noventa del siglo pasado que en aquella época espantosa, durante las etapas de tránsito hacia Siberia se asignaban a cada preso diez copeks diarios para su alimentación, cuando el precio de una hogaza de pan de trigo —¿de tres kilos?— era de cinco copeks, y una jarra de leche —¿dos litros?— costaba tres copeks. «Los presos viven en la abundancia» observa el autor. En cambio, en la gubernia de Irkutsk, los precios estaban más altos: una libra de carne costaba diez copeks, de modo que «los presos, simplemente, vivían en la miseria). ¿A que una libra de carne diaria por persona no es lo mismo que medio arenque?