Unos cinco años después de la guerra, cuando las riadas de detenidos finalmente volvieron a su cauce (o tal vez fuera que el MVD amplió su plantilla), pudo ponerse orden a los millones de rimeros con causasacumulados en el Ministerio. A partir de entonces comenzó a expedirse a cada preso con su expediente penitenciario en un sobre lacrado con una ventanita que permitía a la escolta ver únicamente su itinerario. (No era conveniente que la guardia conociera más detalles, ya que el contenido del expediente podría haber ejercido una influencia perniciosa.) Así pues, si ocupabas la litera central y el sargento se detenía precisamente a tu lado, si eras capaz de leer cabeza abajo, era posible ingeniárselas para leer que a Fulano lo llevaban a Kniazh-Pogost, y a ti a Kargopol-lag.

¡Ahora es cuando empieza la desazón! ¿Qué es eso de Kargopol-lag? ¿Quién ha oído hablar de ese sitio? ¿En que consistirán ahí los trabajos comunes?*(Los hay que matan, pero en otros campos son más suaves.) ¿Sería uno de esos campos de los que ya jamás se vuelve?

¿Y por qué, por qué con las prisas de la partida habré olvidado advertir a la familia, que aún se cree que estoy en el campo de Stalinogorsk, cerca de Tula? Si son grandes tu ingenio y tu quebranto, es posible que también encuentres solución a este problema: alguno habrá que tenga un pedazo de mina de lápiz —con un centímetro basta— y algún otro que te dé un papelucho estrujado. Procurando que no se entere el soldado del pasillo (porque además no está permitido tenderse con los pies hacia la puerta, sino que hay que estar con la cabeza contra el pasillo), te retuerces y te vuelves de espalda, y escribes a la familia entre sacudidas del vagón. Les cuentas que inesperadamente te han sacado del lugar donde estabas y que te trasladan, que en el nuevo lugar quizá sólo te dejen enviar una carta al año, que vayan haciéndose a la idea. Pliegas la carta en forma de triángulo [264]y te la escondes para escamotearla cuando os lleven al urinario. Será cuestión de suerte: bien puede ser que os saquen al retrete al entrar en una estación o saliendo de ella, o que de pronto el centinela que hay en la entrada del vagón esté pensando en las musarañas. Entonces habrá que pisar rápidamente el pedal para que se abra el agujero por donde baja toda la porquería y, haciendo sombra con el cuerpo, arrojar tu mensaje. La carta quedará sucia y mojada, pero puede que salte hacia fuera y caiga entre las vías. Incluso puede que caiga seca y que el tiro de aire bajo el vagón la haga revolotear hasta caer bajo las ruedas, aunque también puede que las evite y se pose suavemente en el declive del terraplén. Puede que permanezca allí hasta que lleguen las lluvias o las nieves, hasta que desaparezca, pero también puede ser que la recoja una mano humana. Y si aquel hombre no tiene la cabeza llena de ideología,repasará la dirección completando las letras o meterá tu mensaje en un sobre y entonces tu carta —¡figúrate!— llegará a destino." A veces han llegado cartas así, sin franqueo, ajadas, descoloridas, estrujadas, mas claramente salpicadas de sufrimiento...

* * *

Más te valdría dejar cuanto antes de ser un panoli,un ridículo novato, víctima y presa. Porque de cada cien veces, noventa y cinco la carta no llega a destino. Y en caso de que llegue, no será alegría lo que traiga a tu casa. ¡Se acabó el medir tu vida, tu respiración por horas y días! ¡En el país donde acabas de entrar todas las dimensiones son épicas! Entre el momento en que uno entra y hasta que sale transcurren décadas, cuartos de siglo. ¡Jamás volverás a tu mundo anterior! Cuanto antes te acostumbres a estar sin los tuyos, y ellos sin ti, tanto mejor. Tanto más fácil será.

Poseed cuantas menos cosas mejor y no tendréis que temblar por ellas. No tengáis maleta, y los guardias no podrán destrozárosla al entrar en el vagón (cuando en un compartimiento van veinticinco personas, ¿se le ocurriría a usted algo mejor?). No llevéis botas nuevas ni zapatos de moda, y menos todavía un traje de lana, porque en el vagón-zak, en el cuervo o nada más entrar en la prisión de tránsito os los robarán de todos modos, o si no os los requisarán, escamotearan o cambiarán. Si los entregas sin resistencia, la humillación te envenenará el alma. Si te los quitan con lucha, acabarás con la boca ensangrentada por aferrarte a tus bienes. Bien sé que os resultan repulsivas esas jetas insolentes, esas mañas burlonas, esos adefesios de dos patas, ¿pero no os parece que la posesión de bienes y el temor a perderlos os privan de una oportunidad excepcional para observar y comprender? ¿O es que creéis que los filibusteros, los piratas, los grandes capitanes cantados por Kipling y Gumiliov, no eran malhechores como éstos? Pues sabed que eran de la misma especie... Y si en los cuadros románticos siempre os han parecido seductores, ¿por qué han de pareceros aquí repulsivos?

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