También hay que comprenderlos a ellos. La prisión es
su único hogar.Por más que el régimen los mime, por más que atenúe sus sentencias, por más que los amnistíe, su hado interno los hace volver una y otra vez... ¿Acaso no les correspondía, pues, decir la primera palabra en la legislación del Archipiélago? Si fuera de la cárcel hubo un tiempo en que se persiguió —con mucho éxito— el derecho a la propiedad (después, a los propios abolicionistas les entró el gusto por
poseer).¿Por qué habría de tolerarse ese derecho entre rejas? Si estás en babia, si no te comes a tiempo tu tocino, si no has querido compartir con los amigos el azúcar y el tabaco, vendrán los cofrades a vaciar lo que guardes en
la arroba*y así corregir tu falta de ética. Cuando te dan unos míseros y desgastados zapatos
por trocade tus botas de moda, un grasiento jubón a cambio de tu jersey, no es porque quieran quedarse con tus pertenencias para siempre: tus botas servirán para perderlas y ganarlas a las cartas cinco veces, y tu jersey lo
colocaránmañana por un litro de vodka y una ristra de salchichas. Veinticuatro horas después ya no tendrán nada, lo mismo que tú. Es el segundo principio de la termodinámica: la diferencia entre niveles debe quedar compensada.
¡No poseáis! ¡No poseáis nada! —nos enseñaron Buda y Cristo, los estoicos y los cínicos—. ¿Por qué no alcanzamos a entender, en nuestra codicia, esta sencilla admonición? ¿Por qué no comprendemos que las posesiones corrompen nuestras almas?
Deja, pues, que el arenque se caliente en tu bolsillo hasta llegar a la prisión de tránsito, así no tendrás que mendigar agua aquí. Y si dan ración de pan y azúcar para dos días, cómetelos de una sola vez. Entonces, nadie podrá robártelos y no tendrás preocupaciones. ¡Vivid como las aves del cielo!
Debes poseer sólo cuanto puedas llevar siempre contigo: tu conocimiento de lenguas y de países, tu conocimiento de los hombres. Que tu memoria sea tu hato de viaje. ¡Recuérdalo todo! ¡Recuerda! Estas amargas semillas son las únicas que quizás algún día germinen.
Mira en torno tuyo: estás rodeado de seres humanos. Quizá más adelante recordarás a uno de ellos durante toda tu vida y te comerás las uñas por no haberle hecho preguntas. Cuanto menos hables, más escucharás. Las vidas humanas se extienden como finas hebras de isla en isla del Archipiélago. Se entremezclan, se rozan unas a otras por espacio de una noche en vagones semioscuros y bamboleantes como éste, y luego se separan para siempre. Aplica, pues, el oído a su leve susurro y a ese traqueteo regular, porque es el huso de la vida lo que repiquea bajo el vagón.
¡Cuántas historias prodigiosas no oirás aquí!, ¡cuántos relatos que te harán reír!
Por ejemplo, ese francés menudo e inquieto junto a las rejas. ¿Por qué está tan agitado? ¿De qué se asombra todavía? ¿Qué es lo que aún le queda por aprender? ¡Expliquémosle! Y de paso, preguntémosle cómo es que está aquí. Gracias a uno que conoce su idioma, podemos saber que se llama Max Santerre y que es un soldado francés. Cuando estaba en libertad, en su
douce France,era igualmente vivaz y curioso. Se lo habían advertido con educación, pero él no dejaba de merodear junto al punto en que concentraban a los rusos que iban a repatriar. Un buen día los soviéticos lo invitaron a echar un trago, y a partir de un determinado momento ya no recordaba nada. Cuando despertó estaba echado en el piso de un avión, vio que ahora vestía pantalones y guerrera del Ejército Rojo, y que por encima de su cabeza pendían las botas] de un soldado. Le comunicaron entonces que lo habían condenado a diez años de campo penitenciario, ¿se trataría de una] broma pesada, sin duda se aclararía todo? ¡Oh sí, claro que lo] aclararán, amiguito, tú espera y verás! (Aún le esperaba otro] juicio, por el que le cayeron veinticinco años más de campo;] no saldría de Ozior-lag* hasta 1957.) En fin, casos como éste no tenían nada de extraordinario en 1945-1946.