Visto este argumento franco-ruso, pasemos ahora a uno ruso-francés. Bueno, aunque quizá sea una historia genuinamente rusa, porque ¿a quién, si no un ruso, puede aplicársele mejor aquello de «días de mucho, vísperas de nada»? En todas las épocas ha habido en Rusia gente así, personas que
Como todo el mundo sabe, eran los alemanes, y no nosotros, quienes se preparaban en secreto para la guerra química. Por ello resultó muy embarazoso descubrir que por culpa de unos soldados manazas del servicio de avituallamiento habíamos dejado montones de bombas químicas en un aeródromo cuando nos retiramos del Kubán. Aquello podía servir a los alemanes para provocar un escándalo internacional. Fue entonces cuando al teniente Koverchenko, natural de Krasnodar, le asignaron veinte paracaidistas y lo lanzaron al otro lado de las líneas alemanas para que enterrara aquellas bombas tan perniciosas. (Los oyentes de Koverchenko han adivinado ya el resto y no reprimen un bostezo: total, que los alemanes lo hicieron prisionero y ahora es un traidor a la patria. ¡Y un cuerno!) Koverchenko cumplió su misión a las mil maravillas, volvió cruzando el frente con sus veinte hombres sin sufrir una sola baja y fue propuesto para la estrella de Héroe de la Unión Soviética.
Pero una cosa es que te propongan para una medalla y otra el proceso de nominación, que puede alargarse un mes o dos, ¿y si resulta que el título de héroe también te viene estrecho? Porque el título de «héroe» se lo dan a los buenos chicos, a los que sobresalen en preparación militar y política, ¿pero qué pasa si a uno le arde el alma, necesita un trago inmediatamente, pero no hay nada que meterse entre pecho y espalda? Yo, nada menos que un héroe de toda la Unión Soviética..., ¿y a estos cerdos les duele darme otro litro de vodka? Así que Iván Koverchenko montó su caballo y —desde luego, sin haber oído nunca hablar de un tal Calígula— se subió con él por la escalera hasta el primer piso, al despacho del comandante militar de la ciudad, o algo por el estilo: ¡A ver, un vale para vodka! (El se creía que aquello le daba empaque, que era más al estilo de un héroe y que así no habría quien le dijera que no.) ¿O sea que por eso lo encerraron? ¡Qué va! No, por esto sólo le rebajaron la condecoración: la medalla de héroe se quedó en una orden de la Bandera Roja.
Koverchenko era un bebedor empedernido, pero como no siempre había con qué mojarse el gaznate, no quedaba más remedio que estrujarse el magín. En Polonia había impedido que los alemanes volaran un puente, y desde ese momento se sintió como si aquel puente fuera propiedad suya. Así que decidió exigir a los polacos un peaje, tanto si iban a pie como en coche, y pensaba cobrarles hasta que llegara nuestro Alto Mando: ¡Si no fuera por mí, aquí ya no habría puente, piojosos! Veinticuatro horas les estuvo cobrando (para gastárselo en vodka) hasta que se cansó. ¡No iba a pasarse allí la vida entera! Entonces, el capitán Koverchenko propuso a los lugareños de ambas orillas una solución ecuánime: que le